Primero en el festival de Cannes, luego en el de San Sebastián y ahora ya en las pantallas, uno tiene que encontrarse a la fuerza sometido al aluvión de referencias, declaraciones y comentarios más o menos críticos acerca de Inglorious basterds / Malditos bastardos, la nueva película del sobrevalorado Quentin Tarantino. Sin toda esa parafernalia, la atención que merecería el engendro en cuestión sería mucho más limitada, todavía, que la de determinados ejemplos del spaghetti-bélico (homenajeados y citados directamente con ejemplos como Enzo G. Castellari e indirectamente con nombres para los personajes, como Margheriti, alias M. Dawson) comentados en su momento, a mediados de los años setenta, en las páginas de esta publicación.
Dividida en cinco capítulos o episodios, ambientada en la Francia ocupada por los alemanes, la película de Tarantino alterna tópicos bélicos como puños (la banda sonora, con la balada de El Álamo incluida en el arranque de los créditos, supone toda una declaración de principios, o de falta de ellos) con bromas de un gusto más que discutible (las violentas, como la colección de cabelleras, no deberían hacer reír ni a una hiena) y demostraciones de pirotecnia sin ton ni son, atreviéndose a jugar con personajes reales de la triste historia, como Hitler, Goebbels, Borman, etc., y con unas burdas incursiones en el mundo del cine (la producción nazi, los cineastas y actores, la sala de proyección en París), todo ello evidencia de un preocupante analfabetismo a ambos lados de la pantalla.
Ni desmitificación ni juego con los géneros: sólo recursos gratuitos, personajes estereotipados, relamida puesta en escena y nueva exaltación de lo vengativo y lo sádico a mayor gloria del espectáculo más zafio. El resto, disfraces tan falsos como absolutamente nulos.
LLORÉNS |