Sean Penn en una escena de MI NOMBRE ES HARVEY MILK.
(2) MI NOMBRE ES HARVEY MILK, de Gus van Sant
La larga marcha gay

La carrera de Gus van Sant oscila entre sus incursiones en el cine independiente, una veces con mayor fortuna (Elephant) que otras (Gerry), y sus trabajos para la gran industria y el gran público, también unas veces con mayor acierto (El indomable Will Hunting) que otras (Descubriendo a Forrester). Mi nombre es Harvey Milk pertenece, a pesar de las veleidades «documentalistas» de algunas partes de su metraje, a este segundo apartado, tanto que en muchos momentos se aplica a los supuestos del biopic, subgénero norteamericano por excelencia que glosa la vida de un personaje real, muchas veces en clave de relato río, o historia que se alarga en el tiempo a través de muchos años, una condición que resulta igualmente cercana al film que nos ocupa, a pesar de que el espacio elegido de la vida de su protagonista, Harvey Milk, el primer personaje declaradamente homosexual que llegó a ocupar un cargo político en los Estados Unidos, abarca apenas diez años, desde su encuentro en Nueva York con el que sería su primera pareja, hasta su muerte a manos de un concejal rival a finales de 1978, pasando por su larga experiencia de lucha por los derechos de la comunidad gay en Los Angeles, ciudad en la que llegaría a ser efímero concejal, ni siquiera un año, tras varias derrotas en las urnas.
La película reconstruye con dignidad los principales episodios de la vida de este personaje —que casi es como decir los primeros pasos de una larga marcha, la de la eliminación de cualquier discriminación por la orientación sexual de las personas, que a fecha de hoy sigue sin llegar al final de su trayecto—, y todavía tiene tiempo, en su poco más de dos horas de duración, para atender los principales momentos de la vida privada del personaje, dos relaciones sentimentales, la ya citada y una segunda con un hispano que termina trágicamente. Demasiadas cosas de las que dejar constancia, que acaban pasando por la pantalla a modo de flashes de un reportaje, en escenas y secuencias que remiten a «las cosas que sucedieron» con la relativa superficialidad que obliga el modelo elegido, y que sólo en contadas ocasiones logran ofrecernos una cara más compleja, como en la movilización inicial de la comunidad gay para atacar los intereses económicos de los intolerantes, o la conexión con los sindicatos en la campaña de boicot a una marca de cerveza, momentos que, desgraciadamente, suceden con idéntica rapidez que el resto. Limitaciones de un film en el que, no obstante, la buena factura y el sano compromiso quedan fuera de toda duda, lo mismo que el excelente trabajo de los actores —que, a juzgar por las imágenes finales, parecen elegidos por su parecido físico con los personajes reales, tal como mandan los cánones del biopic—, con unos estupendos Sean Penn y Josh Brolin a la cabeza.

PEDRO URIS