Mi vecino Totoro (1998) es un troll, en japonés Tororu, cuyo nombre aparece tal como lo pronuncia Mei, una de las niñas protagonistas de esta reconocida película de Miyazaki, y cuya figura ha acabado siendo el emblema del Estudio Ghibli. Su director tardó dos años en estrenarla en su país, mientras que nosotros hemos tenido que esperar once para disfrutarla.
Esta fábula, anclada en el más realista de los contextos, el de la madre ausente por una larga enfermedad (en parte autobiográfica), incide en la vertiente más poética de su director, enlazando mundos aparentemente paralelos e irreconciliables. La simplicidad de la propuesta y la capacidad habitual de Miyazaki para alimentar su imaginación con la sencillez y libertad de un niño se combinan en Mi vecino Totoro con la alquimia única de su universo fantástico, seduciendo una vez más a los adultos con una historia de madura profundidad, sin ataduras narrativas tradicionales e imagénes que perduran en la retina con la placidez constante de la lluvia que cae sobre la casa de Mei y Suzuki. La fascinante poesía de un Lewis Carroll creador de figuras imposibles es reclamada en imágenes con un Totoro que recurre al gato de Cheshire, y no lo hace en vano, porque podría integrarse a la perfección entre las criaturas turbadoras surgidas de la fantasía del creador de Alicia, entre dos mundos, entre la realidad y la imaginación, a la misma distancia de la infancia y de la adultez. Las niñas, una constante del cine del director japonés, sienten la capacidad de fascinación y la resolución de la sensatez, aprendiendo la dinámica de la cohabitación en un canto a la inocencia sin antagonistas ni violencia, en la que se nos ahorran tópicos de los dibujos animados como la innegable inteligencia infantil que supera a los adultos, la incomprensión intergeneracional, etc.
La asombrosa técnica de animación artesanal y el brillante diseño de personajes y totoros no nos deja de asombrar cada vez, no podríamos elegir una escena entre un torrente de imágenes de sutil o más efectivo impacto, pero no puedo dejar de citar la larga espera en la parada del autobús, con reminiscencias a Hitchcock, de quien Miyazaki es un reconocido fan, sobrecogedora en su tensión y desamparo, hermosa en su minimalismo.
EVA PEYDRÓ |