Michael Nyqvist y Lena Endre en una escena de MILLENNIUM 2.
(2) MILLENNIUM 2: LA CHICA QUE SOÑABA CON UNA CERILLA Y UN BIDÓN DE GASOLINA, de Daniel Alfedson
Desde Rusia con amor

Si alguien quisiera desacreditar la política de autor, aquélla que otorga a los directores la paternidad de una película, la saga Millennium constituiría irrefutable prueba de cargo, ya que esta segunda entrega es un calco de la primera a pesar del relevo en la dirección, Daniel Alfredson en lugar del también sueco Niels Arden Oplev. Pero como ésta no es nuestra intención —autores son aquellos cineastas que imponen su mirada por encima de los imprescindibles e inevitables condicionantes de la producción—, pasaremos por alto tal circunstancia y nos ceñiremos a la película que nos ocupa, una aplicada continuación de la primera parte, la exitosa Los hombres que no amaban a las mujeres, que repite virtudes y limitaciones de aquélla, a partir de un esquema clásico de la serie negra, la investigación que deja al descubierto las miserias de la buena sociedad, un punto más atractivas las descritas en la anterior, por cuanto las situaba en el interior de una poderosa familia, y un punto más convencionales las presentes, al tratarse del tráfico de mujeres desde los países del Este y la connivencia y disfrute por parte de diversos y miserables personajes que ocupan puestos clave en la “inteligencia” del estado.
Las virtudes, su correcta factura, la condición de producto entretenido, algunas escenas aisladas, y el inquietante físico de su protagonista femenina, Noomi Rapace; y las limitaciones, las derivadas de las simplificaciones y convenciones que exige un relato de este tipo pensado para el gran público, con un excesivo regodeo en la maldad de abogados y psiquiatras (todos violadores), una conciliación de pistas y soluciones excesivamente “conveniente” (la identidad del supermalo, que por supuesto no vamos a desvelar; o las apariciones en escena de unos y otros cuando más interesa), y algunas escenificaciones de acciones un tanto sacadas de la manga made in Seven (el “putero” con la soga al cuello, el innecesario incendio del almacén).
En definitiva, una aplicada y ajustada recreación del original literario, con sus oportunos cortes, perfectamente elegidos y consumados, para poder meter 700 páginas en dos horas (afectando especialmente a la primera parte de la novela, la que cuenta los ingenios financieros puestos en práctica por la protagonista); o dicho de otra manera, un film realizado con dignidad y con una firme voluntad de entretener, algo que, lo mismo que sucedía con la novela, consigue plenamente.

PEDRO URIS