Eduardo Blanco en una escena de NARANJO EN FLOR.
(2) NARANJO EN FLOR, de Antonio González Vigil
Thriller tango

Antonio González Vigil, veterano productor cuya propuesta más conocida, al menos entre nosotros, es el proyecto Delirios de amor, primero, en 1986, un film compuesto por cuatro episodios, uno de ellos realizado por el propio González Vigil; y después, en 1990, una serie televisiva, reaparece en nuestras pantallas con este thriller de intensa fotografía, que tuvo un dilatado y accidentado proceso de producción en el que fue conociendo diversos escenarios para su acción en función de la financiación posible, acabando en un Buenos Aires de tango y arrabal en el que viven una tórrida historia de amor y sexo una sicoanalista, en tantas dificultades afectivas como sus pacientes, y un policía desencantado, a cargo de Eduardo Blanco, habitualmente en relevantes papeles secundarios y aquí protagonista, que rechaza la corrupción, pero que tiene que convivir con ella. Un thriller en el que las cosas no son lo que parecen (la muerte inicial, el personaje del travestí, o el giro final), que avanza al ritmo y palabras de un puñado de intensas canciones: tangos, como el que da título al film, Chavela Vargas, Javier Krahe, y sobre todo Sabina, un cantante muy apreciado en Argentina que otorga el mote por el que se le conoce al protagonista.
Con todos estos mimbres, el cineasta construye un relato tan extraño como fallido, con una cadena de coincidencias y comportamientos dudosos para tejer la madeja fatal que atrapa a los personajes y la historia, que nos recuerda los mejores delirios de serie Z, Detour, de Ulmer, pero también con demasiadas soluciones de guión y de puesta en escena de notoria debilidad, desde la niña que entrega al policía la hoja recortada sin ningún fundamento, hasta ese certero golpe mortal con objeto contundente -a la primera, por supuesto- del que disfruta la protagonista; y con una apuesta por lo discursivo, por los diálogos trascendentes, diversas citas de canciones incluidas, que si bien encuentra adecuada correspondencia en la concepción escasamente realista del relato (los aludidos excesos fotográficos, o el papel dramático adjudicado a las canciones), termina haciéndolo naufragar por los repetidos excesos que se permite en las réplicas y el off de los personajes.

PEDRO URIS