Tras el éxito, algo inesperado, de la primera entrega, llega a nuestras pantallas una segunda parte de las correrías y alborotos nocturnos que suceden en el Museo de Historia Natural de Nueva York, con muchos de los personajes que aparecían en la primera cobrando vida de nuevo para atormentar al paciente guardián nocturno que interpreta Ben Stiller y entretener, más o menos, a ese público familiar al que va dirigido el film. Tal como sucedía con el original, el producto se sitúa un peldaño por encima de la media, pero la novedad de la fórmula ha desaparecido y la sombra de la repetición, de copiarse a sí mismo, anda siempre presente, de modo que la película termina agobiando más que entreteniendo, por mucho que se marque alguna que otra salida y algún que otro diálogo bastante ingeniosos.
PEDRO URIS |