Sabrina Garciarena y Gorka Otxoa en una escena de PAGAFANTAS
(3) PAGAFANTAS, de Borja Cobeaga
Koalas, lémures y cobras

Afortunado debut en el largometraje del experimentado y reconocido cortometrajista Borja Cobeaga, con una comedia de nuevo cuño que bebe tanto en fuentes modernas como clásicas, capaz de ajustar los derroteros descerebrados y gamberros del género en su actual versión juvenil a los dictados del humor inteligente, el de la precisión en la definición de los personajes y en la construcción de las situaciones, de la más exigente comedia de los sesenta, Richard Quine especialmente, con un protagonista al que se le acumulan las dolorosas trapisondas, putadas en lenguaje coloquial, pero que consigue, a pesar de todo, una especial empatía con un público que reconoce en alguna que otra de esas sucesivas desventuras detalles y circunstancias que le son familiares por haberlos sufrido, con sus necesarias adaptaciones, en carne propia. Un modelo que encuentra uno de sus máximos exponentes en el After hours / ¡Jo, qué noche!, de Scorsese, un título de culto al que esta luminosa comedia no tiene nada que envidiar.
El amor no correspondido del protagonista, un joven vasco de precaria situación familiar, laboral y sentimental, es el hilo que teje una historia, bastante más amarga de lo que sus chistes y ocurrencias hacen pensar en primera instancia, que habla de sentimientos y tensión sexual, con dos parejas, una joven, el sufrido pagafantas —expresión que se adjudica a ese amigo de la chica que nunca será más que eso, amigo a secas— que interpreta eficazmente Gorka Otxoa, y la desbordante argentina a cargo de Sabrina Garciarena, todo un paradigma de “los problemas vienen conmigo”; y la otra entradita en años, unos sensacionales Kiti Manver y Oscar Ladoire, que, a pesar de la distancia que las separa, comparten, en su versión masculina, un similar drama de desamor. El joven por empeñarse en subir a un tren que nunca lo tendrá entre su pasaje, y el otro por dejar pasar todos los trenes a los que hace años debería haberse subido, dos tramas que inteligentemente confluyen en algún momento, pero que tendrán un desenlace opuesto, esperanzador en el caso de los mayores, resuelto en una escena realmente bella, y alucinante en el del chico, tal como corresponde, desde que el género existe, a ese protagonista que recibe todos los palos.
Se puede objetar que la película tensa en exceso la cuerda en algunos momentos, como la boda de conveniencia a bordo del pesquero, que hace al personaje un poco demasiado gilipollas, pero estos pasos en el filo de lo aceptable se disculpan de todo corazón cuando el realizador nos regala ese alucinante final al que hemos hecho referencia y en el que los tormentos del protagonista alcanzan el clímax del “martirologio” más refinado.

PEDRO URIS