Hayao Miyazaki, ganador de un Oscar y un Oso de Oro por El viaje de Chihiro (2001), nos vuelve a introducir en la brecha entre los dos mundos, permitiéndonos entrar en el territorio declaradamente infantil de su último film, si somos capaces de un imprescindible ejercicio de regresión. En esta ocasión, la heroína ingenua, pero determinada y valerosa, es el resultado de la metamorfosis de un ser marino, nacido entre las criaturas del mundo “fantástico” de seres plasmáticos, totoros y animales marinos de reminiscencias prehistóricas, que habitan las profundidades surcadas por un submarino a lo Julio Verne, para introducirse en la cotidianidad de los seres humanos y transformar el mundo “real” con su particular energía.
Sin la necesaria suspensión de credibilidad adulta, que va más allá de asumir que los animales de Disney hablan, vale la pena rendirse como niños para disfrutar a fondo una película de 185.000 dibujos (El viaje de Chihiro tiene 70.000 ilustraciones menos), ilustrada y animada sin ayuda de la tecnología digital. Miyazaki pidió a sus colaboradores que olvidaran el 3-D con un dibujo más sencillo pero que se moviera muchísimo más, para filmar una obra inspirada en los pintores “prerrafaelitas”. Con un discurso más elaborado que los films de animación en serie que transmiten valores positivos en lo humano y lo ecológico, el director japonés propone en sus películas una transformación completa en nuestra relación con la naturaleza, lo que nos permite disfrutar, pero sin sentirnos adoctrinados. Las características de cada ser que habita Ponyo en el acantilado (2008) son únicas e irrepetibles, alejadas del antropoformismo forzado del que reniega su autor, al tiempo que la relación de unos con otros crea inesperadas alianzas y rivalidades. Los protagonistas de esta fábula estilizada, en comparación con sus trabajos anteriores (El viaje de Chihiro o El castillo ambulante, 2004), comparten con la mayoría de los personajes que habitan su imaginario una cualidad inquietante, transmitiendo una sensación de desasosiego, por no presentarse con las habituales credenciales maléficas o benéficas, en típicas codificaciones maniqueas del cine de animación infantil. Los seres monstruosos o no, fauna fascinante de Miyazaki, evolucionan en forma y tamaño, sufren transformaciones de género, se humanizan, se convierten en dragones, aves o bebés gigantes, oscilando entre el Bien y el Mal, atemorizando o provocando ternura.
Ponyo, una particular sirena, que cabalga sobre las olas con alegría y energía contagiosas, nos desata de las servidumbres adultas abriendo la puerta entre los dos mundos, haciendo su propia elección, Alicia liberada y liberadora de nuestra imaginación.
EVA PEYDRÓ |