Tras un largo paréntesis de personajes y actores desprovistos de brillo, el agente con licencia para matar ha regresado a sus orígenes con Daniel Craig, recuperando el cinismo asesino que constituyó su novedosa seña de identidad en los años sesenta, aunque con una sustancial diferencia asociada al cambio de los tiempos: el personaje de Sean Connery vivía los años de la guerra fría, una época en la que los enemigos estaban muy bien definidos y el occidente capitalista se jactaba de su superioridad sobre el bloque comunista, y para defender ese orden mataba sin piedad pero sin perder la compostura ni el encanto; en cambio, el personaje de Daniel Craig, a pesar de mantener idéntico encanto e instinto asesino, ha perdido la compostura, pues el mundo ya no traza una línea tan definida entre los buenos y los malos, y las certezas morales que alimentaban una superioridad con pies de barro comienzan a tambalearse. Ahora nuestro agente es un hombre atormentado, consumido por la duda y la venganza, al que los golpes que recibe dejan marcas, salpicado por la sangre de sus víctimas, moralmente vulnerable, demasiado inestable para confiarle la seguridad del nuevo orden mundial. Un vínculo y una distancia entre ambos personajes que la película resume brillantemente en la imagen de la joven agente asesinada tras una noche de amor con Bond, pues si en Goldfinger el personaje femenino equivalente aparecía muerto con el cuerpo cubierto por el brillo del oro, ahora lo hace en una escena de concepción similar pero con el cuerpo embadurnado de sucio petróleo.
Una resurrección de la serie y del personaje a la que no es ajena la presencia en el guión de Paul Haggis, responsable como guionista o director (o ambas cosas) de títulos como Million dolar baby, Banderas de nuestros padres, Cartas desde Iwo Jima, Crash o En el valle de Elah, que se incorpora a la pareja Robert Wade y Neal Purvis, que ya habían trabajado en las dos últimas entregas de la serie, El mundo nunca es suficiente y Muere otro día. Una importancia concedida al guión, a la historia y a los personajes, que resulta clave a la hora de hacer crecer cualquier película, y que adjudica a este nuevo Bond una intensidad desconocida desde la última etapa de Connery, aunque en esta ocasión se sitúa un peldaño por debajo de su predecesora, Casino Royale —con la que, por otra parte, mantiene evidentes vinculaciones argumentales, pues el móvil del protagonista es la venganza por unos hechos sucedidos en aquélla—, un bajón motivado por una apuesta excesiva, en metraje al menos, por las escenas de acción, las que tienen a los efectos especiales como motor casi exclusivo, en detrimento de aquéllas en la que los personajes y sus sentimientos adquieren mayor protagonismo. En perjuicio en definitiva de la historia, hasta tal punto que la película parece respirar en las escenas intimistas (los momentos en el desierto entre Bond y la joven que interpreta Olga Kurylenko, o sus escenas con el maduro agente secreto a cargo de Giancarlo Gianninni, incluyendo, por supuesto, el dramático final del personaje), y por contra llega a agobiar cuando se entrega de nuevo a un correcalles pirotécnico que, por mucho que invente, acaba pareciéndose irremediablemente al anterior (la pelea final en un reducido departamento de tren en Desde Rusia con amor, vale por unas cuantas escenas de acción de la presente). Una desdichada y casi autoimpuesta limitación, que, sin embargo, no nos impide seguir apostando por el personaje.
PEDRO URIS |