(2) QUEMAR DESPUÉS DE LEER, de Joel y Ethan Coen
 

Los hermanos Coen ya han dado suficientes muestras de talento y de oportunismo, mucho más de esto último que de lo primero, en sus incursiones en el drama, la comedia o la recreación de géneros —frecuentemente, el cine negro-— como para entrar en polémicas acerca de sus aportaciones y de sus cortinas de humo. Recientes ejemplos, como No es país para viejos o Ladykillers, remake majadero de El quinteto de la muerte, explican a la perfección la expresión «demasiado fácil» utilizada por nuestro compañero Pedro Uris en la crítica del primero de los films citados. Quemar después de leer sufre de un humor tan convencional como gratuito, que sólo a ratos rescatan de su vulgaridad los brillantes actores escogidos —sobre todo, John Malkovich—, inmersos en una fórmula tan trillada como acomodaticia que se equipara antes con los modelos descerebrados de Jim Abrahams y compañía o del peor Mel Brooks que con las inteligentes propuestas de Blake Edwards, Peter Bogdanovich o, por citar a alguien tan joven como ellos aunque suene a herejía, Hal Hartley.
De poco o nada sirve que algunos personajes y derivaciones de la trama tengan que ver con la CIA o que se juegue a la apariencia de sátira de thriller: la vergonzante definición de los personajes no supera una característica personal o moral por cabeza: la estupidez del chico del gimnasio (Brad Pitt), la remodelación estética de su cómplice (Frances MacDormand), el agrio genio del alto cargo (Malkovich) y la monomanía de su esposa (Tilda Swinton), la obsesión sexual de Harry Pfarrer (George Clooney), etc. Un humor que recurre a los tópicos y lugares comunes más superficiales (que también resultaba evidente en la soporífera Crueldad intolerable), como si sólo trataran de ser divertidos en una primera instancia sólo tolerable para espectadores poco exigentes. Algo que, al fin y al cabo, y lo he podido observar en este país y en festivales internacionales fuera de nuestras fronteras, parece que les permite un cómodo reconocimiento y un decepcionante aplauso.

LLORÉNS