El gran cine norteamericano, ése que se gasta casi tanto dinero en la distribución como en la producción y que desembarca con gran estruendo mediático en las pantallas subsidiarias de Europa, nos tiene tan acostumbrados a infumables y pueriles chapuzas, que cuando uno de sus títulos presenta un mínimo de seriedad narrativa, argumental o simplemente industrial, hace que nuestra capacidad de perdón e indulgencia ensanche inmediatamente sus habitualmente raquíticos horizontes.
Al menos eso me ha sucedido con esta nueva película del, para algunos maestro y para otros proyecto frustrado Ridley Scott, un thriller de espías que asegura todos los ingredientes, traiciones y dobles verdades de este apartado del género, con personajes modélicos a este respecto, como el jefe de la inteligencia jordana, y una ajustada dosificación de la acción, las muertes y las correspondientes decepciones. Estimable resulta igualmente su mirada sobre el problemático fondo elegido, el terrorismo de inspiración islamista y el contraterrorismo global que mantienen los Estados Unidos desde el 11-S, con buenas anotaciones derivadas del original literario en el que se inspira, la novela del periodista del «The Washington Post» David Ignatius, y un saludable tono moral que evita el discurso oficial que hemos padecido desde la administración Bush.
Aquí se agotan, sin embargo, los argumentos favorables al film y comienzan los dolores de cabeza, con dos protagonistas —a cargo de otros tantos star system, como DiCaprio y Crowe, ambos con oficio de sobra— que, como mandan los cánones, mantienen visiones opuestas sobre el mundo, a pesar de militar en el mismo bando, pero que acaban resultando poco consistentes como personajes, el primero con unos problemas de conciencia de pacotilla y el segundo demasiado asentado en el pedestal del «gran hermano», aunque la palma de los tormentos se la lleva el «interés amoroso» del protagonista, una historia ñoña donde las haya en la que no nos creemos nada, y menos todavía cuando actúa como detonante de los movimientos finales de la trama.
Agujeros profundos en una historia —que también estira demasiado sus mimbres cuando construye la cibernauta conspiración para atrapar al peligroso terrorista que amenaza con sembrar de sangre y sufrimiento a Occidente— que terminan frustrando ese cine de género, Costa Gavras en el recuerdo, capaz de abrirnos las puertas de las alcantarillas políticas de nuestro tiempo, al que apunta en contados momentos.
PEDRO URIS
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