Ben Whishaw y Hayley Atwell en una escena de RETORNO A BRIDESHEAD.

(3) RETORNO A BRIDESHEAD, de Julian Jarrol

La culpa católica

La novela «Brideshead revisited», escrita por el británico Evelyn Waugh durante la Segunda Guerra Mundial, y según las referencias ilustradora del proceso de conversión al catolicismo de su autor, ya había servido de base para una exquisita y recordada serie televisiva producida en 1981 por Granada Television, que fue rodada precisamente en los mismos majestuosos escenarios, el castillo Howard en Yorkshire, que esta nueva versión para la pantalla grande, en la que repite el esmero en la reconstrucción de ambientes, decorados y vestuarios, un apartado en el que la película es sencillamente insuperable.
Reconocido este primer mérito, que requiere para su consecución de tanto dinero como talento, el siguiente punto a favor del film es la precisión y riqueza de matices con que atiende la psicología de los personajes y sus reacciones, dejando incluso un margen para el debate en el espectador, pues en ocasiones resulta difícil medir el grado de arribismo y de sinceridad que hay en la conducta del protagonista, un joven de clase media, la clase del futuro como se encarga de advertir una de las últimas escenas del film (la película concluye con la contienda europea), que se ve inmerso en el seductor y peligroso mundo de las clases altas, al irrumpir, emocional y afectivamente, en el universo de dos hermanos educados a la sombra de una madre, excelente Emma Thompson, consagrada a los rigores de la culpa de los católicos.
Y es en este tercer apartado, en la reflexión acerca de la doliente y represora visión de la vida que impone la religión católica (al menos la impartida desde sus estamentos al mando), donde la película alcanza su mayor singularidad e interés, construyendo un eficaz entramado en el que el peso de la religión —la católica aunque la oposición es al ateísmo confeso del protagonista— adquiere cada vez mayor presencia, desvelando lentamente su influencia profunda en la conducta de los personajes, incluso sobre los más provocadoramente pecadores, como es el caso del hermano homosexual, y alcanzando el clímax en unas desgarradoras y significativas secuencias finales, que se resuelven, o no, en la magnífica escena en la capilla, con el protagonista y el cineasta avanzando un paso más sobre la reacción prevista, y privando al espectador de una solución que hubiera resultado demasiado fácil. Buen cine.

PEDRO URIS