Adaptación de una novela del mismo título de Richard Yates, publicada en 1961, que pasa por ser una lúcida y desencantada visión de la vida y valores de unas clases medias, inicialmente norteamericanas, que disponen de todo lo que uno puede pedir, casita, trabajo, coche, hijos, vecinos, amigos, etc., sin darse cuenta de que cada uno de esos elementos es una pared más en esa cárcel del conformismo, de las vidas malgastadas, en la que el sistema les ha recluido.
Una amarga mirada sobre el sueño americano, que desvela sus aspectos de pesadilla, para la que se ha contado con el británico Sam Mendes, un cineasta que ya se había sumergido en ese universo en la celebrada American beauty, y que ahora vuelve a dejar constancia de la profesionalidad y elegancia de su puesta en escena, impecable durante toda la película, pero también de su dependencia de algunos códigos del melodrama, más patentes todavía en esta ocasión, que terminan limando algo de filo al bisturí con el que disecciona un modo de vida, el de las clases medias acomodadas, que no sólo está asociado a los USA, sino que posee un alcance universal, siempre que entendamos por «universo» el primer mundo, pues en el tercero y en el cuarto no disponen de tiempo para esas angustias, ya tienen bastante con conseguir algo para comer, o simplemente con llegar con vida a la noche.
Un alcance universal que, en cualquier caso, la película sabe atender adecuadamente en su acertado y complejo planteamiento del idealista dilema al que se enfrenta la pareja protagonista: huir de la trampa en la que han enterrado sus ilusiones y proyectos de juventud e instalarse con sus hijas en París, ciudad que constituye un mito de libertad para la cultura norteamericana, ofreciéndose la esposa a trabajar como secretaria bien remunerada en un organismo internacional, continuamos sin poner los pies en el suelo, mientras que el marido encuentra su camino, aquello que dará sentido a su vida, otro ideal que tampoco se corresponde con la realidad, pues como él mismo confiesa no posee ningún talento especial, a no ser que se incluya en tal categoría sus dotes como vendedor.
La principal limitación de la película llega, como he apuntado antes, de su voluntaria concepción como melodrama de pareja, de escenas en el interior de un matrimonio (en el que, por cierto, se quita de en medio a las hijas con demasiada frecuencia y facilidad), quizás buscando una mayor complicidad y comprensión en un amplio sector del público; de eso y de algún que otro recurso demasiado fácil, como adjudicar al «loco», el personaje «injustamente» internado en un psiquiátrico, la función de conciencia que dice las verdades, los mensajes, que otros no se atreven a expresar. Pequeñas sombras que no impiden que nos encontremos ante una estimable película, que cuenta con dos protagonistas muy bien atendidos —guión, interpretación, y puesta en escena— en sus psicologías; nos proporciona una ácida visión de un reconocible formato de vida y valores, en lo concreto de la sociedad norteamericana de los años cincuenta (estupenda la pareja de amigos / vecinos) y en lo universal de esos sueños rotos que nunca existieron realmente; y se cierra con un desenlace especialmente contundente y ajustado a las necesidades de la historia, tanto en su vertiente de relato individual, como en su dimensión y alcance moral.
PEDRO URIS |