Kim Rossi Stuart, Claudio Santamaria y Pierrefrancesco Favino en una escena de ROMANZO CRIMINALE
(3) ROMANZO CRIMINALE, de Michele Placido
Delincuencia y Estado

En pocas semanas han llegado a nuestras pantallas tres producciones italianas —Gomorra, Il divo, y ahora Romanzo criminale, anterior a las otras dos pero estrenada después— que anuncian un risorgimento del cine social y político italiano, un género o una mirada que nunca ha dejado de estar presente en esa cinematografía, Nanni Moretti se ha encargado de ello, y que tiene a Francesco Rosi como más destacado padre y mentor. A diferencia de las producciones clásicas al respecto, años sesenta y setenta, en las que lo social y político adquiría un protagonismo muchas veces exclusivo, ahora, además de una narrativa más acorde con los gustos de los tiempos, son los personajes y sus conflictos los que parecen cobrar especial relevancia, quizás pretendiendo un contacto más fácil con el público, a través del melodrama de sus sentimientos, y en todo caso componiendo un tipo de relato más convencional o trillado en este sentido.
Estos planteamientos, que se podían rastrear más o menos en las otras dos, resultan evidentes en la película que nos ocupa —octavo trabajo (la mayoría inéditos entre nosotros) de su autor, el actor Michele Placido—, cuya fuente de inspiración habría que buscarla en todas las sagas de gangsters que en el cine han sido, desde Érase una vez en América hasta El padrino, ya que, como tal, sigue cronológicamente los pasos de tres amigos —incluso divide el film en tres partes con los nombres de cada uno de ellos—, desde un dramático suceso de la infancia que concluye con la muerte de un cuarto, hasta su final físico, pasando por su lenta y sangrienta ascensión en el hampa romana. En este sentido, el film recrea, con eficacia, un conocido itinerario de ascensión y caída vinculado al mundo del hampa —los ejemplos al respecto suman y siguen, con mención especial para Los violentos años veinte, de Walsh, por las consecuencias en la amistad de sus protagonistas—, en el que las particulares psicologías de cada uno de los amigos terminan aportando, con la ayuda de circunstancias exteriores, casi siempre sentimentales, razones para la disolución de una sociedad, una amistad, que se creía inquebrantable. Seguimos moviéndonos en un terreno conocido de las historias, aunque la dignidad del producto también continúa estando fuera de toda duda.
La novedad, y lo más interesante del film, llega de la mano de las conexiones que establece entre delincuencia y aparatos políticos del Estado, dentro de un contexto muy concreto, la Italia de los años setenta, con dos sucesos relevantes, el secuestro y asesinato de Aldo Moro y la matanza de la estación de Bolonia, en los que esas dos fuerzas inconfesables de la sociedad, el crimen organizado y los servicios secretos, se encuentran y colaboran. Son los mejores momentos de una interesante película a la que, en mi opinión, le sobran muertos y que también anda un poco en el filo al desarrollar esas dos, o tres, poderosas historias de amor, o encoñamiento, que, a la postre, terminan dirigiendo los destinos de la trama. Sin embargo, la ventana que abre a ese mundo en el que la delincuencia y el Estado se dan la mano, y la seriedad y cariño con que contempla a los personajes y sus movimientos, más o menos plegados a exigencias de modelos y taquillas, hacen de esta película una cita, casi diría que ineludible, para el aficionado.

PEDRO URIS