Séraphine Louis, más conocida como Séraphine de Senlis, nacida en 1864 y fallecida en 1942, fue una pintora, digamos naïf, autodidacta y tardíamente reconocida sobre la que se han publicado varias biografías y objeto, cada vez con mayor frecuencia, de importantes exposiciones. El film nos cuenta, de la mano de una excelente actriz como es Yolande Moreau, sus vicisitudes, su pobreza, su condición de lavandera y fregona, sus ardides para conseguir pintura y colores, sus escapadas y problemas mentales, etc. Pero el film de Martin Provost va mucho más allá de las meras tentaciones del biopic (film biografista) para proponer, en el terreno personal, una serie de sugestivas reflexiones sobre el arte y la cuestión humana del artista y, en el terreno social, el peso de unos años vividos bajo el signo de la gran guerra de 1914-1918 y el crack económico del 29.
Y ahí es donde interesa el devenir de esa mujer pobre, huérfana, sirvienta, que pintaba por su cuenta y a su aire, ajena a formación alguna y a cualquier relación con el mundo del arte, casualmente rescatada del más completo anonimato por el marchante y coleccionista alemán Wilhelm Uhde (interpretado por el no menos excelente Ulrich Tukur, uno de los protagonistas de La vida de los otros), considerado como uno de los primeros compradores de la obra de Pablo Picasso y como descubridor de Henry “el aduanero” Rousseau. La pintura, la actitud personal y la trayectoria de Séraphine, siempre inmersas en el doloroso contexto ya citado, dan pie, entre simpatías, detalles de humor y mucha ternura, a una serie de fundamentales denotaciones y connotaciones en torno al proceso de creación artística y a su valoración social y mercantil. Incluso por las alusiones de la protagonista a la naturaleza y a un pueril misticismo, más que probable intento de evasión de un mundo suficientemente cruel. La película, tan atractiva como reveladora, ha obtenido siete premios del cine francés, entre ellos los correspondientes a mejor película, mejor actriz y mejor guión.
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