Una escena de SICKO, de Michael Moore.
(4) SICKO, de Michael Moore
La salud de los demás como negocio

Con un pequeño retraso se estrena en nuestras pantallas el último trabajo del norteamericano Michael Moore, una nueva entrega de ese documental militante que practica el cineasta y del que me confieso incondicional, sin que ello signifique que no reconozca en el mismo algunos de los calificativos que utilizan sus detractores, cada vez más numerosos, tales como maniqueo y panfletario, sólo que, en mi caso, ambas cargas constituyen una virtud añadida, porque hay realidades que no admiten grises -o que sólo los admiten en posiciones bajo sospecha-, como la tortura, que no es el caso, o la guerra de Irak, que sí que lo era en Fahrenheit 9/11, o la salud pública como negocio, que lo sigue siendo en la presente. Y ante esas situaciones no hay puntos medios, o se está con ellas o se está contra ellas, lo más clarito posible, utilizando el panfleto como necesario agit-prop de conciencias y como azote de poderosos que se llenan los bolsillos con la sangre de los demás. Y a alguien puede parecerle que estoy chapoteando en el mismo vicio, en el del panfleto, está en su derecho, pero mis palabras se corresponden escrupulosamente con la realidad, con la puta realidad, tanto en la primera de las películas citadas, los congresistas que no enviaban a sus hijos al frente iraquí; como en la que todavía no hemos citado, el negocio de las armas que hace posible una matanza como la de Bowling for Colombine; y como en la que nos ocupa ahora, con esas personas que no pueden pagarse el tratamiento contra el cáncer que padecen y que por lo tanto se joden y sufren, en todos los casos se trata de dinero impreso con sangre, con la de los otros, claro está.
Un apartado del documental que ha conocido ejemplos a lo largo de la historia del cine, con mayor o menor fortuna, y del que en la actualidad Michael Moore es privilegiado abanderado, con el añadido de una marca de autor gracias a la implicación personal que introduce en sus obras, casi como si cogiera de la mano a cada uno de los espectadores y les invitara a dar un paseo juntos por las realidades propuestas. Un paseo cómplice en el que prima la solidaridad y la comprensión con las víctimas de las mismas, pero en el que el cachondeo y el escarnio del adversario, de los responsables y beneficiarios de las atrocidades e injusticias denunciadas, también tiene su imprescindible espacio, un poco como hacía el desaparecido Rubianes con los diversos facheríos empeñados en amargarnos la vida cotidiana, sólo que con rigor documental (al bueno de Pepe no le hacía falta, que para eso había elegido los caminos del cómico) para ofrecernos los datos y cifras que avalen nuestra indignación, la del espectador y la del cineasta.
Y los datos y las cifras llegan a costa del sistema sanitario de los Estados Unidos, o lo que es lo mismo de una sanidad en manos de la iniciativa privada, que lógicamente contempla, y esto lo digo sin ninguna doble intención, la salud como un negocio en el que se deben obtener beneficios. Tal como sucedería en cualquier otra empresa, aumentando los ingresos y disminuyendo los costes, sólo que en este caso los clientes están cautivos, nadie decide ponerse enfermo, y pagarán lo que haga falta, hasta donde puedan, hipotecando sus casas y sus vidas si fuera menester, para obtener una curación que, objetivamente, no es la prioridad de sus proveedores, las aseguradoras médicas, que no están considerando la salud de su cliente, sino los beneficios económicos que pueden sacar de ella. Así de simple y así de increíble, y todavía más si resulta que estamos hablando del país más desarrollado del mundo.
Los ciudadanos de ese vagón de primera clase del tren del primer mundo, los norteamericanos, son los destinatarios primeros de esta demoledora película, después que en un contundente punto de giro inicial, digno del más exigente manual del guión, se nos advierta que esos parias que carecen de seguro médico y que ocupan las primeras escenas no son los protagonistas del film, sino el resto de la población, los que sí lo tienen y piensan que con ello han asegurado su salud, aunque la única garantía que tienen es que les van a vaciar los bolsillos a costa de la misma. Esta utilidad en su propio territorio, en los Estados Unidos, constituye una pequeña limitación del film a la hora de proyectarlo en países, Canadá o la Unión Europea, que tienen una salud pública más o menos desarrollada, pero que resultan todo un paraíso a los ojos de un norteamericano. Para estos segundos, para nosotros, la utilidad, aparte de la valiosa información que nos proporciona acerca de una parte del mundo en que vivimos, es sin duda otra, despertar nuestra capacidad de alerta y de lucha contra cualquier tentativa o medida que avance hacia la privatización de la salud pública, y aquí en la Comunidad Valenciana sabemos algo de eso, ya que tras la visión de esta película conocemos mejor el peligro al que nos enfrentamos. Y me parece que me está saliendo otra vez la vena panfletaria, pero es que hay cosas que no admiten grises, y la salud de la gente es una de ellas.

PEDRO URIS