Dwv Patel y Freida Pinto en una escena de SLUMDOG MILLIONAIRE.
(3) SLUMDOG MILLIONAIRE, de Danny Boyle
Jugando a perder

El británico Danny Boyle vuelve a ofrecernos su mejor versión en esta extraordinariamente amarga comedia, heredera en las formas trepidantes y rompedoras de la reconocida Trainspotting y también de la menos conocida Millones, que construye una suerte de thriller perverso a partir de un formato de concurso televisivo de gran audiencia -en España emitido como Quién quiere ser millonario-, en el que participa el joven protagonista, un chico indio al que la fortuna o el destino sirven en bandeja la obtención de un sustancioso premio en metálico, ya que las preguntas de dificultad creciente (algunas de ellas no lo son tanto, al menos desde el punto de vista occidental, como la identidad del inventor del revólver, o ese “no va más” final que consiste en descubrir el nombre de uno de los mosqueteros de Dumas) a las que va siendo sometido, acaban resultando las únicas respuestas que su atormentada vida le ha enseñado, un poco siguiendo el mecanismo de acertar la respuesta imposible que empleara, esta vez en clave de comedia mucho más amable, la estupenda escena final del concurso en la película española Historias de la radio (Sáenz de Heredia, 1955).
Esta primera lectura del film, crítica con estos reconocibles circos televisivos que ejercen de pantalla y esperanza de las muchas miserias cotidianas, todavía más en el caso de la India, se ve decisivamente reforzada y complementada, al margen de las duras escenas en la comisaría que vertebran el relato, por una serie de flash-backs en los que el protagonista evoca, al justificar sus sospechosos aciertos en el concurso, algunas decisivas escenas de su vida. Una serie de episodios que constituyen tanto un terrible retablo de las condiciones de vida de la India contemporánea, como una despiadada crónica de la vulnerabilidad de la infancia (con momentos realmente insoportables, como el cegado del niño para que pueda recoger mejores limosnas), si queremos otorgar al film ese alcance universal que, sin duda, posee.
El cineasta arriesga, como ya lo había hecho en la mencionada Trainspotting, al aplicar a una realidad de lo más duro y descarnado, una narrativa, una banda sonora, y un look visual decididamente marchosos, propiciando con esta imposible mezcla de agua y aceite una mirada sobre los hechos y personajes contemplados que cala con fluidez en el espectador, capaz de ir aceptando los sucesivos y progresivos horrores del film sin concederles inicialmente el peso dramático que poseen, de modo que cuando uno se da cuenta de dónde le han llevado “ya es demasiado tarde”, estamos dentro de la India real, la que no aparece en los folletos turísticos. Muy buen cine, a pesar de las debilidades y convenciones de la bonita historia de amor, con una protagonista femenina que provoca tantas pasiones, -unas hermosas, otras malvadas, y otras complejas- que parece ser la única hembra sobre la India.

PEDRO URIS