Esta extravagante fábula fantástico-mitológica, llena de humor irreverente y satírico, se rodó seguramente en la costa valenciana y representa una pequeña isla del mar Egeo donde, en remota época pre-helénica, la leyenda se imponía a la Historia y la racionalidad todavía no había desbancado al mito.
Entre lo disparatado y lo prodigioso, el limitado mundo de una tribu primitiva con su sátiro (el dios Pan), su centauro, sus ninfas, su anciano patriarca, su chamán adivino y sus pastores, junto al bosque mágico, el resplandeciente mar azul y el sol abrasador, acoge también la presencia de seres prodigiosos, mitad hombres mitad animales, como es el caso del protagonista, que de salvaje porquerizo llega a ser coronado rey.
Esta co-producción franco-española, con una parte de actores y técnicos de nuestro país, es fruto del delirio creativo de J. J. Annaud y del guionista Gérard Brach (que había escrito ya cuatro exitosas películas del realizador francés y que murió durante el rodaje de Su majestad Minor) y supone una mirada peculiar sobre el paganismo, un contexto pre-cristiano en que la moral y las costumbres (especialmente en lo relativo al sexo y la violencia) obedecían al puro instinto y sólo se regulaban por la ley del más fuerte.
Annaud ha realizado un film en el que la imaginación desbordante y la comicidad picaresca se dan la mano con una evidente intención provocadora, como si hubiera deseado utilizar los tiempos remotos, las supersticiones y ancestrales temores, los rebaños de cerdos y las mujeres sensuales para ridiculizar los tabúes e instituciones de nuestra sociedad actual, a modo de canto a la libertad, incluida la expresión (aun a costa de un menor rigor conceptual) que incluye en el relato sexo libre sin complejos, bestialismo e incluso incesto. El resultado es una especie de comedia vodevilesca donde lo iconoclasta y estrafalario predomina sobre cualquier consideración de tipo sociopolítico o antropológico.
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