El último estreno de Seth Rogen (próximamente, Zach and Miri make a porno) no se decanta ni por el hiperrealismo cómico ni por el absurdo total, sino por el perpetuo pateo de una apolillada moqueta que, según parece, resiste lo que le echen. Escrita por Rogen en 2001, antes de Virgen a los cuarenta (2005) y Lío embarazoso (2007), es la primera comedia sobre marihuana que recauda mas de 100 millones de dólares en todo el mundo, pese a que su productor, el hombre de moda Jude Apatow, declaró que el objetivo de la película era demostrar lo incapacitante que podía resultar el «cuelgue» para reaccionar con propiedad en una situación de peligro. Debía ser la única broma de la película, porque los héroes por accidente escapan bien de sus encuentros con los malos, que son los que se toman demasiado en serio el trapicheo para enriquecerse a gran escala.
La pretendida transgresión intenta franquear los límites de la corrección política, como en la escena en la puerta del colegio, desaprovechada si deseaban ir un paso más allá en la parodia, haciendo un flaco servicio a la legítima causa de la despenalización y a su definitiva salida del armario y aceptación social pública. Escuchar durante 111 minutos la palabra joder y sus derivados unas 180 veces no es motivo suficiente para abominar de nada, pero sí para tener ganas de salir de ese patio de instituto donde solo nos quedamos por ver a un destacadísimo James Franco, actor de un perfecto timing cómico, en un papel escrito por Rogen en principio para sí mismo, aunque al final se reservó el de Denton, que podría ser el mismo protagonista de Lío embarazoso, con adicción a los petas.
El guión sin alardes se atreve con unos cambios de ritmo que lastran más aún la película con escenas como la de la cena en casa de la novia de Denton, incoherente y prescindible.
EVA PEYDRÓ |