La devoción que profesa Frank Miller por Will Eisner no ha encontrado su mejor vehículo expresivo en la adaptación cinematográfica en solitario de los comics protagonizados por el personaje Spirit. Retomando sin más complicación ni revisión la estética film noir que fue reformulada en Sin City (Rodríguez-Miller, 2005), con enorme talento e inspiración y que sedujo por su rompedora estética, casting, guión y efectos especiales, Miller compone un film narrado con ausencia total de fluidez, sin alma, cuyos personajes resultan insípidos y sin dimensión. A pesar de contar con actrices emblemáticas en cuanto a sex appeal (Scarlett Johansson, Eva Mendes y Paz Vega) y con un actor encasillado en un concepto particular de la violencia (Samuel L. Jackson), The Spirit no alcanza el ímpetu que pretendía, al carecer de aliento tanto como de sentido del humor, las partes graciosas se quedan flotando aisladas y sin consecuencias en un guión hecho de recortes, pretencioso, siempre al borde del ridículo.
En esta película sin brillo, cuya supuesta personalidad visual no basta para superar un guión débil y una dirección plagada de defectos, no consta ninguna emoción, ni lírica, en el constante panegírico del protagonista hacia su ciudad y su chica. Sin entrar a discutir sobre el huevo y la gallina, porque están en diferentes secciones del gran mercado de la expresión artística, no puedo evitar constatar que no se ha hecho justicia a uno de los grandes creadores de novelas gráficas de la historia, ya que en el objetivo del film se hallaba esta pretensión fallida, y todo por desconocer las claves y resortes del lenguaje cinematográfico, patente entre otros defectos en el diseño de escenas interminables, torpeza en los flash backs... La única certeza del film, el culo de Eva Mendes, que en fotocopia u original sobresale del conjunto fallido de pulp sex. Johansson no pasa de representar a una marioneta y Vega, a otra. Gabriel Macht, como protagonista, no dejará ninguna huella en el séptimo arte. Miller no es Robert Rodriguez ni Zack Snyder, ni consigue escribir unos diálogos que no dejen indiferente al espectador, ni monólogos que no sean una invitación para visitar el baño o estirar las piernas.
EVA PEYDRÓ |