Sophie Cattani, Mathilde Seigner y Pascal Elbé en una escena de TODA LA CULPA ES DE MI MADRE
(3) TODA LA CULPA ES DE MI MADRE, de Cécile Telerman
Secretos de familia

La segunda película de la directora belga Cécile Telerman se estrena esta semana, precedida por el éxito de su debut cinematográfico, ¿Por qué las mujeres siempre queremos más? (2005), con la que comparte la escasa fortuna en la traducción del título al español. Quelque chose à te dire es el título original de una película que pone en el punto de mira la heterogeneidad de un grupo de seres consanguíneos cuya convivencia es fruto del azar y no de la propia elección, como es normal, pero en este caso más aún. Como elemento de partida, Telerman afronta el retrato de padres e hijos para acentuar con esmero y comicidad todas las disparidades que les harían directamente incompatibles en un test. En este sentido, el respeto por cada uno de ellos es la nota dominante y eso se agradece, aunque quizá sea en el personaje de la madre (magnífica Charlotte Rampling) donde se puede correr el riesgo de ensañamiento, al menos a primera vista. En este sentido, en una comedia que abunda en pullas y diálogos viperinos rayanos en la violencia verbal no hallamos la voluntad de escarbar hasta las últimas consecuencias, como sucedía por ejemplo en Cuento de navidad (Arnaud Desplechin, 2008) donde el poder centrifugador de la madre (Catherine Deneuve) era de una extrema pulsión, sin arrogarse la falta de vertebración en cuanto a lazos y afectos.
Con una prosa impecable, que desgrana una trama de complicado encaje, por los recurrentes elementos azarosos, Telerman apela sin recato a la aceptación de la casualidad para reventar un secreto enterrado que transforma la unidad familiar, sin correr más riesgos de los necesarios en cuanto a la progresión de la trama, que es en definitiva el punto fuerte del film, un macguffin que acaba adquiriendo quizá excesivo protagonismo, en detrimento de ese cuestionamiento de la institución familiar que plantea su directora. Juicios morales aparte, que tampoco Telerman ejerce, es admirable el trazo que delimita y a la vez relaciona a padres, hijos y hermanos entre sí, en un canto a la aceptación y a la capacidad de evolución de los individuos y del grupo. La baza del talento actoral es básica en un film de estas características y donde tanto en el coro como en el solo sus intérpretes están bien dirigidos con la armonía necesaria para hacerlos creíbles y divertidos. Mathilde Seigner, cuyo protagonismo es apenas retado por el de Rampling, encarna a la perfección un modelo de mujer talentosa e insegura, más consciente de lo que le falta que de lo que tiene, consiguiendo una réplica de gran química con Olivier Marchal. Divertida, implacable con cariño y sorprendente en su trama.

EVA PEYDRÓ