Emilio Gutiérrez Caba y Tristán Ulloa en una escena de UN BUEN HOMBRE.
(2) UN BUEN HOMBRE, de Juan Martínez Moreno
Vicios privados, virtudes públicas

El segundo largometraje de Juan Martínez Moreno (Madrid, 1966) adopta la forma genérica de un thriller y es fruto tanto de la acusada cinefilia del realizador (que se autodefine como “rata de filmoteca”) como de la lectura de un libro sobre algunos crímenes reales cometidos en Galicia, en el siglo XX, por delincuentes no profesionales. Interpretada convincentemente por Tristán Ulloa y Emilio Gutiérrez Caba, la película evidencia la huella inspiradora de cineastas como Hitchcock (tensión psicológica, suspense, homicidios familiares), Fritz Lang (culpabilidad, responsabilidad moral y jurídica) y Chabrol (mirada satírica sobre la burguesía con su apego a las apariencias, su desmesurado amor por el dinero y su cortesía como mecanismo de disimulo), aunque sin la perfección narrativa del británico, sin el rigor psicológico del alemán y sin la corrosiva ironía del francés.
Un buen hombre es un meritorio intento, aunque fallido, de reflexionar sobre las relaciones entre ética y derecho, relatando la trayectoria de los dos protagonistas, profesores universitarios de Leyes, que deberán aprender que las cosas no son blancas o negras sino que en la vida adoptan ordinariamente todas las gamas del gris. El film se convierte así en una contundente denuncia de la doble moral de una burguesía tradicionalista que se debate entre sus convicciones y sus intereses, inclinándose por mantener su privilegiado status económico a costa de consagrar el cinismo como instrumento de relación social.
El guión del propio Martínez Moreno denota aplicación en la escritura, planteando con eficacia el dilema entre conservadurismo e inmoralidad, entre conocimiento jurídico y delincuencia, entre religiosidad e hipocresía, sin que falte una severa requisitoria contra las prácticas endogámicas, propias del nepotismo, reinantes al parecer en alguna Universidad, especialmente a la hora de proveer las codiciadas cátedras.
Lamentablemente, el guión no está a la altura de la realización y tres o cuatro golpes de efecto conducen la trama hacia derroteros de dudosa verosimilitud. También resulta demasiado esquemático ese personaje-conciencia, de estilo bardemiano, que encarna el profesor envidioso y frustrado en sus aspiraciones de ascenso en el escalafón.

VANACLOCHA