A estas alturas resulta ya un lugar común hablar de la historia de Pixar, de cómo John Lasseter terminó en la dirección creativa de Disney cuando la histórica compañía cinematográfica se dio cuenta de que no disponía de armas para luchar en el campo de la animación contra quien tenía la frescura, la innovación y el futuro de su parte. Incluso en aquellas producciones menores, como resultó el caso de Cars, Pixar ha mantenido un nivel de excelencia técnico que nadie ha podido, por ahora, igualar.
Las dos películas anteriores de Andrew Stanton, Bichos (1998) y Buscando a Nemo (2003) estaban destinadas a un público eminentemente infantil. Sin embargo, Wall-E, su nueva apuesta, no es una película fácil. De hecho, apenas hay diálogos en la primera mitad del film. Nos cuenta una historia terrible, la del último robot en una Tierra abandonada por los humanos después de llenarla de desperdicios y creerse las promesas de la megacompañía privada que promete limpiarla mientras los humanos hacen un crucero galáctico. En este paisaje apocalíptico, un robot desarrolla una inteligencia propia, adaptativa, en la mejor tradición darwinista. Se autorrepara con piezas de otros robots y sabe reaccionar ante las amenazas climatológicas, además de ser consciente de su soledad, que trata de mitigar con la compañía de una cucaracha y viendo escenas del musical Hello Dolly (Gene Kelly, 1969) en un viejo reproductor de VHS. La aparición del robot explorador desencadena la aceptación de su libre albedrío y la superación de su programa de limpieza. El guión de Stanton y Jim Reardon, sobre un argumento del propio director y Pete Docter, es plenamente coherente con la evolución del personaje, tomando decisiones lógicas con su «personalidad» y sus intereses.
Muy cercana a posiciones ecologistas, retrata a la humanidad (véase el presidente mundial), con gran dureza: consumistas, despreocupados, depredadores del medio ambiente, lanzándose al espacio para no hacer frente al estropicio causado.
Wall-E tiene una enorme capacidad de sugerencia y concienciación. Un espectáculo visual apabullante en su primera parte, la que se desarrolla en la Tierra, con el retratro final de lo que estamos ayudando a crear. Recuerda por momentos otra gran película de ciencia-ficción, la maravillosa Naves misteriosas (Douglas Trumbull, 1972) en la que la humanidad también buscaba una salvación ecológica en el espacio. Incluso sus arcaicos robots de mantenimiento tienen un lejano parecido a Wall-E.
Película para ver y reflexionar, ideal para todas las edades pues tiene niveles de lectura suficientes para ser disfrutada por todos. La proyección de Wall-E viene precedida del divertidísimo corto Presto, dirigido por Doug Sweetland, deudor de los más dinámicos y divertidos cortos de la Warner.
SENTO BALAGUER |