SERIE NETFLIX: UN DRÁCULA SIN SANGRE

WILL SAEZ: Hoy en día, no hace falta salir de casa para consumir entretenimiento audiovisual de primer orden. O, al menos, eso es lo que nos quieren hacer creer. Pero es indudable que las plataformas de streaming han tomado el mando, hasta tal punto que llegan a estrenarse nuevas películas de forma simultánea en cine y en nuestros aparatos electrónicos predilectos. Y es una locura pensar que grandes de la vieja escuela como Scorsese accedan a una propuesta semejante, pero el dilema es acatar la modernidad o que se te lleve por delante. Y, no seamos ingenuos, los papeles verdes ayudan.Afortunadamente, no estamos aquí para meternos en jardines sobre el futuro de la industria, pues este humilde crítico no anhela tanto la muerte. La papeleta de esta semana será más liviana, ya que nos conformaremos con analizar una de las últimas incorporaciones del catálogo de series de Netflix.

Como la mayoría sabrá, estas empresas de las que hablamos nos están brindando un vendaval de producciones propias que, dependiendo de la plataforma a la que pertenezcan, están cortados por un patrón o por otro. El eterno dilema entre calidad o cantidad. No hay que indagar demasiado hondo en su catálogo de producción de la casa para deducir que Netflix casi siempre se ha decantado por esta última opción.Pero esta vez los fans del terror deseábamos que fuera diferente. Y es que el gigante del streaming llevaba un tiempo poniéndonos los colmillos largos al anunciar que estaban preparando una miniserie sobre Drácula. Además, los creadores iban a ser Steven Moffat y Mark Gatiss: las inquietas mentes que nos trajeron el éxito de la BBC Sherlock. La cosa prometía.Fieles al estilo británico, la miniserie consta de tan solo tres capítulos, aunque cada uno de ellos tiene un metraje de unos 90 minutos. Hace falta compromiso para tragarse un producto de un total de 270 minutos, pero el chupóptero más famoso de la historia se merece eso y mucho más. Además, en cierta manera, sus creadores han intentado que no nos aburramos, tratando de

que cada episodio sea bastante diferente al anterior: presentándonos nuevos personajes y pasando de una época a otra.El primero de ellos intenta ser un homenaje al célebre texto de Bram Stoker, con un peculiar toque de humor que, quizá, haya sido demasiado sutil y cobarde, y no termina de funcionar. El segundo, logra mayores dosis de entretenimiento al presentarnos una especie de cluedo marino del que ya sabemos lugar, objeto y culpable. Para terminar con el sangriento menú, Moffat y Gatiss nos brindan un capítulo ambientado en nuestra época, en un fallido guiño a productos tan conocidos y sobrevalorados como Black Mirror (porque, a todo esto, Netflix también ha sido la culpable de los deleznables últimos bandazos de esta ficción). Estamos ante una obra con la que cabe preguntarse por qué parece haber entusiasmado a la crítica y, a la par, dejado con la sangre helada a la mayoría de espectadores. Saquen ustedes sus propias conclusiones. En cualquier caso, se trata de una miniserie que, si bien cuenta con alguna que otra idea propia interesante, no ha sabido desarrollarla de forma propicia para avivar nuestro interés. Visualmente es correcta, y Claes Bang intenta sacar adelante un personaje agradecido que, sin embargo, necesita de algo más para causar empatía o, como mínimo, terror. Pero no podemos dejar de ver este Drácula como una oportunidad desaprovechada de la que, claramente, esperábamos sacar mucho más jugo. Una vez más, Netflix ha demostrado sus carencias y, para colmo, ha destrozado las ilusiones de los amantes de los buenos relatos de vampiros. Que traigan la estaca y nos rematen de una vez.

 

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