Crítica Turia

(2) LA MANIOBRA DE LA TORTUGA, de Juan Miguel Castillo. Thriller Irregular.

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JAVIER BERGANZA: Juan Miguel del Castillo decide adaptar la novela homónima de Benito Olmo y llevarla a la gran pantalla. Cruce de historias con base policíaca y social que resuena duramente en la realidad actual. La historia se sitúa en Cádiz, dónde un policía en horas bajas trata de averiguar el autor de un terrible crimen. Una joven colombiana ha sido violada y asesinada. Este crimen resuena personalmente en su historia, pues los fantasmas del protagonista no dejan de atormentarle. En el pasado, su hija fue también violada y asesinada, y jamás se encontró al culpable.

Manuel (Fred Tatien) ejerce esa figura, bastante trillada ya, de policía atormentado. De hombre duro, solitario y silencioso. Algo casi repetido hasta la saciedad y que el actor francés no logra sacar de ahí. Tiene algún espacio dónde puede llegar a brillar y verse algo más de profundidad en ese muro que se ha impuesto para no sentir dolor. Pero, por lo general, la actuación es bastante plana y evidente. Todo visto ya, todo escuchado miles de veces. Poca sorpresa.

El guion vira y se convierte en una especie de historia paralela que se va entrelazando. El crimen en Cádiz se mezcla con unas amenazas recibidas por Cristina (Natalia de Molina), quién acaba de enterarse de que su ex marido ha salido de prisión. Cristina y Manuel son vecinos y la ayuda mutua casi aparece por necesidad. Una casualidad de guion (de esas que en teoría hay que evitar) que no termina de molestar del todo. La relación entre los dos empieza a florecer y genera espacios interesantes. Aunque parece que la película no es consciente y decide centrarse en su género, aportando secuencias de acción más bien flojas y dejando de lado esos espacios que se empezaban a saborear con buen gusto.

Natalia de Molina defiende un personaje difícil con mucha soltura. De lo mejor de todo el filme. Esa tensión creciente, esa inseguridad por casi cualquier acción cotidiana, son trasladadas al espectador a través de una interpretación fantástica (como de costumbre). Además, Juan Miguel también aporta ideas curiosas, generando secuencias con una snorricam y cambiando la óptica a gran angular para generar esa sensación de mareo, de que el mundo alrededor tuyo se cae, que todo te aprieta y te ahoga. Para quién no sepa qué es una snorricam, es un estabilizador que se coloca en el cuerpo del actor, encuadrándole directamente al rostro. Un ejemplo clásico sería la secuencia de la borrachera de Harvey Keitel en Malas calles, de Martin Scorsese.

Hay recursos interesantes a lo largo del metraje, pero son casi coletazos, movimientos sueltos que dejan algo de buen sabor de boca entre un mar de clichés dentro de un género ya muy trillado. Una historia muchas veces contada, y que queda lejos de otros films del mismo género. A años luz de Zodiac, o, por quedarnos en España, de Que Dios nos perdone.

La fotografía logra generar encuandres bellos pero algo fríos. Inpersonales. Parecido a The northman, dónde lo que ves es evidentemente potente, pero te das cuenta que detrás no hay nada. Aquí ocurre parecido. Se generan secuencias bellas en el uso de la luz y del cuadro, pero que transmiten poco a nivel narrativo. En general, faltan pulir cosas, aunque el mensaje es importante. Como dice Cristina: Solo importamos cuando estamos muertas, solo somos números. Algo sobre lo que reflexionar.

 

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