Crítica Turiaportada

(3) Don´t look up, de Adam McKay. La sátira en tiempos de la comedia gamberra

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Esta película es una de esas, y hay unas cuantas, en las que si no entras en las convenciones y el tono, en el juego que, en definitiva, te proponen, pues no hay manera de participar de sus bromas e ironías, de modo que igual pueden gustar que generar un rechazo bastante contundente. Yo estoy entre los primeros ya que, sin ser nada del otro mundo, me ha parecido un producto estimable y, sobre todo, oportuno, pues nos habla del poder de los medios de comunicación —los públicos y también esos «privados» que construimos entre todos a través de las redes sociales— sobre nuestras sociedades y, en definitiva, sobre nuestras vidas.

El modelo que elige para plantearnos esta sátira, probablemente para conectar con un público más amplio, es el de esa comedia desvergonzada y gamberra marca Apatow, hermanos Farrelly y compañía (desde «Algo pasa con Mary» en adelante) que, en definitiva, es la heredera —un tanto grosera— de la comedia alocada de los años treinta. En ese contexto hay que contemplar los personajes y las situaciones, todos tensados al máximo de la estulticia, con la presidenta de los Estados Unidos que interpreta Meryl Streep a la cabeza, un remedo en clave femenina de Donald Trump que, si bien lo miramos, tampoco tensa demasiado la realidad de su referente… a veces incluso puede que se quede por debajo.

La anécdota seguro que es conocida del aficionado, un meteorito gigante se dirige hacia la Tierra amenazando la extinción de la raza humana, pero la película no va de catástrofes naturales, sino que, casi más en clave de farsa que de sátira, pretende ofrecernos una acerada mirada sobre nosotros, los habitantes del primer mundo, y dejar constancia de un catálogo de miserias morales sobre las que se asienta nuestro modo de vida: populismos, medios de desinformación, egoísmos…

En la punta de ese iceberg la película sitúa a la política, la economía y los medios de comunicación, la primera con la mencionada presidenta, su hijo como jefe del gabinete y su partido en campaña tratando (con éxito) de anular la mente de los votantes con mensajes y slogans tan falsos como absurdos. La economía, de la mano de un millonario mecenas que se cree una especie de mesías que va a salvar al mundo con su «filantropía» y los medios de comunicación con un programa televisivo —geniales Cate Blanchett y Tyler Perry— en el que todo ha de ser pasado, machacado, por el tamiz del entretenimiento. Y aún le queda tiempo para añadir un personaje en la parte final que también tiene su punto, el joven contracultural, «acratón» y medio delincuente que, en el fondo, es un creyente de lo más conservador, una fachada antisocial que esconde la miseria intelectual.

Seguro que todos estos tipos y situaciones les suenan porque se trata del mundo que nos rodea, ese en el que entramos cuando conectamos la televisión o los diversos dispositivos móviles que ya forman parte de nuestra existencia con la pretensión de obtener información y relaciones sociales y solo conseguimos desinformación y soledad, aunque puede que sea eso lo que la sociedad, el sistema, desea que estemos buscando. Incluso, si un día decidimos pasar a las relaciones directas, esas que se llaman —o llamaban— personales, puede que nos toque de compañero de mesa un alternativo que pretende estar más allá de todo y que, en el fondo, solo es un idiota de lo más convencional.

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