(3)CRÍTICA DE DÓNDE ESTÁS BENADETTE, DE RICHARD LINKLATER

(3) LAURA PÉREZ:El adalid del cine indie estadounidense por excelencia del último siglo, Richard Linklater, nos regala otra de sus pequeñas joyas hecha película. No será de las que más brillan en su filmografía, pero para su esperado retorno a la gran pantalla adapta la novela homónina de Maria Semple para darnos a conocer a un personaje peculiar cuanto menos, Bernadette Fox.

Arquitecta de éxito, mujer de carácter, cumplidos los cincuenta, felizmente casada y con una hija adolescente tierna e inteligente, Bernadette parece no poder pedir más a la vida. Vive en un castillo derruido que no ha sido capaz de reformar en su totalidad y tiene que convivir con sus insoportables vecinas de un barrio de casas unifamiliares de Seattle, con todo lo que un vecindario norteamericano de clase media-alta conlleva. Pero ni sus vecinas, ni Seattle, son su principal problema, pese a que ella disimule su vacío interior a fuerza de renegar de los pequeños dramas de la vida. El suyo, cercano a la comedia, lo dibuja muy a su estilo Linklater, y nadie mejor que Cate Blanchet para dar forma y fondo a una mujer contradictoria, hilarante, algo neurótica pero incluso divertida. Dónde estás, Bernadette ofrece los ingredientes esenciales para la dramedia que lleva la marca de su autor por todos lados. El exceso de verborrea, las interminables conversaciones y discusiones de pareja, los dramas familiares y los psicoanálisis freudianos son su especialidad, y además aquí la historia cuenta con una pequeña dosis de aventuras en la Antártida que le sienta fenomenal y le da ese punto surrealista que alcanza poco a poco la cinta hasta el culmen final. Si bien es cierto, esa trama de aventuras que arranca cuando Bernadette desaparece a ojos de su familia empieza demasiado tarde, tras una buena ristra de secuencias que reiteran una y otra vez que Bernadette tiene un problema. Se empeñan en engañarnos diciendo que está loca, pero en su huida hacia adelante comprobamos una vez más que la línea entre el genio y la locura es extremadamente fina, y que poca diferencia hay entre un artista obsesionado con algo –o con falta de ambición- y un paciente de manicomio encerrado entre cuatro paredes blancas. Bernadette nos enseña las secuelas de abandonarse a una misma, de centrarse quizá demasiado en la familia y dejar a un lado la pasión que nos mueve por dentro. Quién iba a decirle a Bernadette que su equilibro estaba en el lugar del planeta donde convergen todos los meridianos.

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