Crítica Turiaportada

(4) EL OLVIDO QUE SEREMOS, de Fernando Trueba Brillante y memorable narración

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“Mirar el río hecho de tiempo y agua, y recordar que el tiempo es otro río, saber que nos perdemos como el río y que los rostros pasan como el agua”. Así empezaba el poema Arte poética, de Borges. En él, el poeta asimilaba la vida a un río, un río interminable que pasa y queda y es como ese espejo que nos revela nuestra propia cara, que es la misma y es otra a lo largo del tiempo. El olvido que seremos, la última película de Fernando Trueba, presentada en la última edición del Festival de San Sebastián (con el sello del de Cannes, que resolvió no celebrarse a causa de la pandemia) y recién estrenada en cines el pasado 7 de mayo, puede recordar al poema de Borges. También a una lúcida crítica de Ángel Fernández-Santos de la también extraordinaria Memorias de África.

El olvido que seremos es una película emocionante. Se trata de una película que procede y recuerda al cine de Griffith, a su idea literaria del relato fílmico, a un modo de comprender el cine como narración, como un arte preocupado por hallar el modo de convencer retóricamente al espectador desde la narrativa cinematográfica, una idea del mismo a la que se debe toda una saga de cineastas. Como decía Pere Gimferrer en su libro Cine y literatura (que recomiendo encarecidamente), también para un Rossellini, un Antonioni, un Renoir, un Ford, incluso para un Orson Welles o para el primer Godard, hacer cine era contar bien -es decir, de modo personal- una historia en imágenes. La película de Trueba es una adaptación de la novela de Héctor Abad Faciolince -de título homónimo-, pero su virtud reside en su existencia como relato fílmico independiente, como narración construida mediante la conjunción de una serie de elementos propios del lenguaje cinematográfico: textuales, visuales y sonoros. Por ello, hay que insistir en que se asista a verla en cines. Es una película concebida para verla en las salas.

¿Pero qué es El olvido que seremos? Como decía Fernández-Santos de la película de Sydney Pollack, es, ante todo, una elegía: la convocatoria de un hijo a las tristezas y alegrías del mundo familiar y del padre que amó. Tiene, por ello, cierto carácter lírico. Desde la mirada evocadora del hijo, la película constituye un complejo retrato -complejo por sus múltiples hilos, pero narrado con sencillez- de una vida pretérita que ya solamente existe en el recuerdo: la historia íntima del padre, Héctor Abad Gómez, un hombre que decía que él solamente era un médico, y que, como tal, su tarea era salvar vidas; con ello, también la colectiva de una familia, una sociedad y una época: el Medellín convulso de los años 70. En este sentido, puede recordar también a Roma, de Alfonso Cuarón.

En segundo término, es una aguda construcción, una película que, sirviéndose de los recursos que el cine tiene de extraordinarios respecto a las otras artes, logra erigirse como producto cinematográfico, más allá de la simple transcripción del texto literario, como esa narración fílmica deudora de Griffith, en la que la construcción del punto de vista, el narrador, la acción, los personajes, el ritmo, el espacio y el tiempo discurre en armonía. Cabe recordar pues dos magníficos trabajos sin los que la composición sería otra: el guion de David Trueba y la contenida y creíble interpretación de Javier Cámara.

Siguiendo a Fernández-Santos, de El olvido que seremos también puede decirse que es un lúcido ejercicio de creación de un espacio de la memoria sentimental. La película se plantea como un diálogo entre dos tiempos: el pasado, filmado en una paleta de colores tierra o cálidos, para recrear fragmentos de vida de la familia, y el presente, en blanco y negro, para narrar el desmoronamiento del padre y de aquella vida desde la irrupción de la muerte en ella. De este modo, los tiempos evocados por Trueba a través de la reconstrucción subjetiva de una parte de la vida del escritor Héctor Abad Faciolince, conforman una profunda y sincera exploración fílmica en los abismos y ambigüedades de la propia mirada, la nostalgia, la añoranza y el recuerdo. Por ello, por su revelación elegante de esos espacios de la memoria y la educación sentimental, la película también puede evocar a ciertas imágenes e ideas del cine de Antonioni.

En suma, la narración brillante y emotiva de Trueba alcanza esa Ítaca de la que hablaba Borges en su poema, el arte como revelación y verde eternidad. El olvido que seremos es una película memorable.

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