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A LAS SALAS DE CINE, A PROPÓSITO DEL REESTRENO DE CRASH DE DAVID CRONENBERG

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Celebro con especial ilusión el reestreno de películas en las salas de cine. Por varias razones, me alegra que películas que se estrenaron años atrás vuelvan ahora a los cines, más en unos tiempos especialmente complicados y decisivos para éstos.

No se trata de un sentimiento de nostalgia por unos tiempos que han quedado atrás, cuando uno solamente tenía la opción de ver una película en las salas. Sería absurdo y cansino, y, sobre todo, una pérdida de tiempo y energías aferrarse a un mundo que simplemente ya no es el nuestro. Ahora, si uno quiere ver una película tiene más opciones, lo cual, en sí mismo me parece positivo, un buen avance. Pero también, como suele pasar con las novedades, este hecho tiene ventajas e inconvenientes. Evidentemente, en el lado de las ventajas, está la comodidad. ¿Quién no ha agradecido y disfrutado una tarde o noche de manta y peli en casa? También está la extensión en la oferta, aunque la posibilidad de escoger entre una inmensidad de películas o series también pueda convertirse a menudo en una pesadilla (o por lo menos, así me sucede a mí). Me gusta tener la opción de ver cine en casa (de hecho, este plan me ha salvado más de un día horrible), ya sea sola o con gente querida. Pero, a su vez, esta opción también me genera más de un conflicto. En primer lugar, la posibilidad de detener la película cuando a uno le viene en gana. Este hecho lo vivo como una maldición (además, lo hago con frecuencia), es un incordio. Al final, uno ya no sabe ni que está viendo, o pierde el interés por ello si trocea o alarga demasiado en el tiempo el visionado de la película. Para mí, uno de los mayores placeres de ir a una sala de cine, más en estos tiempos distraídos, llenos de incertidumbre, ansiedad y nervio, es desentenderse de todo lo que queda fuera de la sala, durante el tiempo que dura la proyección uno solamente está para lo que está viendo en la pantalla, ni móvil, ni más pantallas ni otras historias.

Es una sensación maravillosa, que, por el momento, solo concibo en una sala de cine. Por otro lado, está el componente emocional, los recuerdos que uno tiene asociados a éstas; el cine concreto en el que vimos una película, las emociones que nos suscitó verla por primera vez allí, quizá el día o momento vital en que la vimos, la soledad o la compañía, las conversaciones de después, quizá el recuerdo de algún viaje, anécdotas divertidas, quizá una ciudad en la que ya no vivimos, quizá salas y personas que ya no están, buenos y malos recuerdos. Personalmente, debo gran parte de mi afición al cine a mis padres. Hace unos años, empecé a tomar la costumbre de acompañarlos cada fin de semana al cine (ellos van casi desde que se conocieron, mi afición es tardía). Entonces descubrí que me gustaba ese acto, ver una película en su compañía y con la de gente desconocida, en la oscuridad de la sala, abrazar el misterio que suscita.

También lo que venía después de la proyección. Compartir nuestras impresiones sobre lo que habíamos visto, el enfado o la fascinación por una película, en muchas ocasiones terminar discutiendo, seguir haciéndolo incluso horas y días después. Ahora que vivo en otra ciudad, recuerdo con especial estima esos fines de semana. Pero desde la distancia, el acto de ir al cine sigue siendo un punto de conexión importante en nuestra relación. Nos contamos lo que vamos a ver, nos recomendamos o nos advertimos sobre ciertas películas. Leen y me envían mis textos y críticas, seguimos discutiendo, no me amagan lo que piensan. Sé que son los críticos más fiables que tendré.

Los estrenos en salas también me han brindado gratos descubrimientos acerca de ellos. Sin ir más lejos, estas Navidades pasadas fuimos a ver Deseando amar, de Wong Kar-wai, y me gustó ver la emoción que le causó a mi padre, aunque también tratara de disimularla al salir de la sala. Hace unos días, durante una conversación telefónica, a propósito del texto que supuestamente debería estar escribiendo ahora, hablamos sobre Crash, de Cronenberg. En un primer momento, me dejó descolocada descubrir su admiración por el cine de este director y, especialmente, por esta película, que además recordaba bien. Pensé en la sensación siniestra y perturbadora que la recorre, en ciertas escenas eróticas o de sexo explícito. Me desconcertó. Luego me gustó saberlo, pues también es una de mis películas favoritas, de las que considero que me han marcado profundamente. Como ya dijo la crítica Desirée de Fez en su libro Reina del grito, a esta película también le debo gran parte de mi devoción por lo inquietante, lo extraño, lo perverso y lo enfermo.

Crash se reestrena este fin de semana en versión restaurada y remasterizada en 4K. Ojalá suceda una de las cosas que más me gustan de los reestrenos en salas: que se convierta en todo un acontecimiento, que la gente vuelva a verla a los cines, que vuelva a generar debate. Por mi parte, quedé con mi padre en verla juntos cuando vuelva a Valencia.

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