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ALÉGREME EL DÍA: Una noche con The Who y los espíritus

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El pasado 1 de marzo recordábamos en la radio el aniversario de Roger Daltrey: 77 años, de la misma quinta que otras voces icónicas aparecidas en los primeros sesenta como Mick Jagger (también 77), Bob Dylan (79), Paul McCartney (78) o Ray Davies (76). Y me vino a la memoria la única vez que vi a The Who en directo, en Zaragoza, el 29 de julio de 2006. Una noche que recordaré por un memorable concierto, pero también por un presunto encuentro con el más allá.  The Who eran uno de los grandes que me faltaban, así que convencí a mi mujer, poco devota del grupo de Pete Townshend, pero sí de las escapadas. No recuerdo donde compré las entradas, pero sí que me costó encontrar hotel con habitaciones disponibles. Al final pude reservar en el Meliá Corona Aragón. Sí, el mismo que en 1979 sufrió un pavoroso incendio en el que perdieron la vida 83 personas. Y del que, por los pelos, se salvaron Carmen Polo, viuda del dictador, y el general Armada, que igual ya andaba pergeñando el golpe del 23-F.  En los años posteriores al terrible incendio, se empezó a tener noticias de sucesos extraños que ocurrían en el hotel: ruidos nocturnos, golpes, voces, incluso apariciones…. Al igual que lo sucedido en Los Alfaques, nació una leyenda de fenómenos paranormales asociados a la tragedia. Obviamente, de todo ese mal rollo no me acordaba cuando hice la reserva, que sino a buenas horas…

El concierto fue excepcional, con generosos recuerdos a Tommy y Quadrophenia, que es a lo que yo iba. Entre el público, Amaral, Loquillo y Bunbury. Todo un acontecimiento en Zaragoza, los conciertos en Madrid o Barcelona tienen cierto aire de rutinarios, pero en ciudades más modestas, provocan convulsión. Acabado el concierto, tocaba volver al hotel, y ya empezamos a ponernos nerviosos. Bueno, mejor tomamos una copa antes. Vale, que sean dos. Al final fue irremediable subir a la habitación. Apagamos la luz e intentamos conciliar el sueño. Y entonces sucedió lo que estábamos temiendo.

Primero fueron unos chasquidos que se oían en el techo. Luego voces susurrantes y hasta cierta triste melodía parecía ir y venir. Encendimos la luz, no había nada raro. La apagamos, los ruidos seguían. A eso de las dos de la mañana llamamos a recepción. Ojalá nos hubiesen enviado a Iker Jiménez, pero no, era alguien de mantenimiento. Pese a la gravedad del asunto, no parecía nada asustado. Revisó la habitación, miró al techo, comprobó unos mandos y, con una sonrisa entre burlona y cansina, me  dijo: “Señor, cuando apague el hilo musical gire el botón del todo hasta que haga clic, porque si no, hace chasquidos y se sigue oyendo la emisión.”

EN LA CIUDAD SIN LÍMITES Malas noticias, mal periodismo

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