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ANTES DEL AMANECER “LA VIDA EN UN BOLSO”

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Volví de Madrid con todas mis pertenencias comprimidas en una sola maleta.

Dos años de trasiego del tren al metro y del piso al despacho se hacinaban entre los huecos imposibles de un espacio escandalosamente pequeño para contener 24 meses de vértigo. La visión melancólica del andén casi vacío punzaba por última vez en mi estómago.

Partía en busca de mi vida anterior que había situado entre parèntesis, sabiendo que no la iba a encontrar donde quedó, que los paréntesis no aíslan lo que contienen. Horas antes empecé a doblar cuidadosamente unas pocas prendas de ropa junto a útiles de aseo, a las noches siempre cortas, a las reuniones siempre largas, a las comidas a destiempo. A tu ausencia. La noche apagaba el paisaje y mis fuerzas. Derrumbada sobre la almohada improvisada con el abrigo, repasé la película de los días apresurados y siempre maldormidos.

Había sido una experiencia apasionante que iba deshilándose como una madeja de lana a medida que los vagones avanzaban  kilómetros por las vías. El paso por el corazón del sindicato cambió mi medida de las cosas. La mirada, desde la Avenida de América, era circular. Como un escenario que puede ser visto desde la cámara situada en lo alto de una grua.

Caminé entre decretos, personas y enmiendas mientras sujetaba, de vez en cuando, una pancarta y la angustia de cualquier compañera en un mal momento. Los malos momentos eran muchos. Y la angustia por alejarte de las personas queridas, también. Imagino en estos días en los que recordamos a Ernest Lluch, el esfuerzo inmenso y doloroso de tantes personas comprometidas que transportaban su vida en un bolso allá donde fuera necesario. Y se la jugaban. Y demasiadas veces la perdieron.

En estos días en los que, chapuzas de baja estofa y alto odio, intentan con un grosero paletazo de cemento, ocultar, construir una pared que tape la lucha de Ernest y otros insignes. La lucha de tantos  ciudadanos que consiguió hacer de este país un lugar de convivencia. Lo hacen desde las Instituciones democráticas que nuestra Constitución creó, pese a que sus padres hicieron campaña contra ella.

Porque en este país se puede discrepar y se puede debatir. Porque valió la pena que muchas no encontráramos la vida que dejamos entre parèntesis a la vuelta. Porque la vida no tiene sentido si no damos sentido a la vida.

Porque si algo tiene sentido es trabajar por una sociedad en la que  podamos ser acogidos y valorados tal y como somos. Un lugar protector y no amenazante ni segregador. Una sociedad en la que todas las personas podamos disentir sin que pase nada y construir  realidades que imaginamos necesarias para todos.

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