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ANTES DEL AMANECER: “No hay envidia sana”

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Desde que la pandemia cayó sobre la humanidad mis sentidos se han agudizado para capturar cualquier instante placentero. La butaca de un cine en pleno mes de julio se convierte en una nave hacia otros mundos que me aleja de todo lo cotidiano. Curiosamente, este viaje me aproxima a mí misma y escarba en mi interior como un radar trabajando en la oscuridad.

El título de una película fue el reclamo, “Envidia sana” ¿Puede existir la envidia sana, me pregunté? Sin desvelar la trama puedo decir que no. La envidia es destructiva y perniciosa siempre. Convencí a una amiga para comprar unas entradas con destino al repelente mundo sinuoso y amarillo del rencor por el bien ajeno. Nos sumergimos.

La envidia se origina cuando alguien siente admiración malsana por otra persona o por algún éxito o rasgo de ésta. El paso siguiente es pensar y sentir que no tiene derecho a ello, que no es digna de eso.

Luego viene la creencia de que “eso bueno que tiene fulanita o fulanito” se lo ha robado a ella, no le corresponde. Por tanto, hay que destruirla. Hay que destrozarla. Hay que quitarle el éxito o las características buenas que tiene.

La rabia que provoca en quien la siente se hace insuperable sin ayuda, porque la obsesión centra en la persona envidiada toda la atención, desfigurando así el funcionamiento normal de su vida.

Ese rencor destructivo siempre es ocultado y busca de cómplices para descalificar y dañar la imagen del envidiado. El o la envidiosa se rodea de un grupo de cómplices que por una u otra razón secunda la agresión y difunde o calla el ataque.

Este proceso está en el origen de gran parte del acoso laboral, pero también lo encontramos en las relaciones sociales cotidianas.

Un sucedáneo interesante es el comportamiento de personas amigas que solo aparecen cuando te va mal en la vida, cuando sufres. En el momento de remontar, de tener éxitos, te abandonan. Inconscientemente están manifestando su interés por ti cuando se sienten “por encima”. No soportan que te vaya bien, y aunque no intenten destruirte, se alejan de ti.

La película y su debate nos dio para la cena y el café.

Agradecidas por haber sido sustraídas de nuestro quehacer diario, olvidamos incluso que permanecíamos, por supuesto, con la mascarilla protectora. Salimos de la sala sin salir de la película.

Cenamos reflexiones y sushi. Valencia encendía su noche y el aire comenzaba a ser respirable.

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