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ANTES DEL AMANECER “No tengo sitio”

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Una escena escandalosa sigue dando vueltas al planeta desde hace días. Las imágenes  han quedado grabadas  a fuego de flashes en nuestro inconsciente.

Siento el estupor de Ursula von der Leyen mirando hacia el fondo de la sala. “No tengo silla” “No hay sitio para mí”

Las mujeres conocemos esa emoción. Desde siempre.

El presidente de un país decide que no hay asiento para las mujeres donde él se sienta.

Y ya está.

Nada más que hablar.

Todo lo que se diga ha de pasar por el filtro de la cultura que le avala. Una cultura que considera a las mujeres inferiores a los hombres.

Otro hombre, criado en una civilización en la que ondea la bandera de los derechos que nos hacen iguales a todas las personas, permanece impávido ante el atropello. Cómplice necesario para que el oprobio se consume.

Por una vez la alianza de civilizaciones se ha producido. Ni siquiera una pandemia mundial lo había conseguido.

La Europa de los derechos no ha reaccionado ante el escarnio.

En el fondo aparece el patriarcado. La misoginia que subyace no se ha ido nunca. En los lugares en los que la igualdad de derechos no existe ni siquiera legalmente, la creencia en la superioridad de los hombres sobre  las mujeres  da alas a éstos para legislar sin ellas. Sobre ellas. Contra ellas.

Lo ocurrido es inmensamente más grande que un mero “incidente diplomático” como se ha intentado disfrazar.

Tampoco la civilización occidental ha superado esta injusta y antidemocrática discriminación. El presidente del Consejo Europeo, al que representa, no lo ha hecho. A la menor prueba de realidad, salta el barniz y aparece el patriarcado latente. Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía preparó un escenario al mundo desde su palacio de Ankara, e invitó a los medios de comunicación para dejar constancia ante la historia de que en su país, y a su lado, las mujeres no cuentan. En todo caso quedan relegadas a un lugar inferior.

Charles Michel, presidente del Consejo Europeo no hizo un solo gesto de rechazo ante la afrenta que perpetuaba el machismo ancestral.

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, de igual rango protocolario que Charles Michel, tuvo que aceptar el segundo plano de un sofá. Las instituciones europeas no pueden sostener con su silencio el atentado contra la igualdad de derechos que ha supuesto el suceso de Turquía. Ni el Consejo Europeo puede seguir representado por alguien que es cooperador necesario en la escandalosa discriminación de un mujer. Una mujer que además es la presidenta de la Comisión Europea.

Oscuros momentos  atraviesan la historia de la humanidad para vergüenza de todas las generaciones. Siguen faltando sillas para las mujeres en el espacio público.

Aceptarlo sin exigir la dimisión de quien no nos puede seguir representando porque no nos representa, no es una opción. Es una irresponsabilidad.

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