Daniel Gascó
Nací en Benicarló, un 1 de agosto de 1971, pero solo fue un accidente. No me definen ni la época ni aquel lugar. Oficialmente estudié Ciencias Empresariales, pero influyó más mi fascinación por el arte y esas huidas constantes a la Filmoteca. Creo que fue leyendo a Kundera cuando entendí prematuramente que no somos más que un puñado de horas inconcretas, vividas y por vivir. Luego descubrí que el arte te enseña a incrementar sensiblemente la densidad de esas horas. No sin vivirlo y disfrutarlo, absorberlo y revivir cada obra. Dos actos que exige el buen ejercicio de la crítica. Siempre quise escribir y siempre he amado el cine, dos rimas que han marcado mi vida. Soy cinéfilo sin fecha, creo que ambos crecimos juntos. Cuando era pequeño, yo y mis hermanos engañamos a mi madre, la gran cinéfila de mi familia. Alteramos la calificación moral televisiva convenciéndola de que un rombo era para todos los públicos y dos, para mayores. Gracias a eso, no tardé en ver películas importantes. También porque antes de saber leer con fluidez, mi madre nos leía pacientemente los subtítulos. Recuerdo una secuencia muy impactante de una película alemana o nórdica en la que el protagonista hablaba con una mesonera, apoyada en una barandilla, un piso más arriba. La cámara se aproximaba y revelaba unos senos al descubierto. Nunca había visto conscientemente los pechos de una mujer. El cine sació esta y otras curiosidades. Hace más de 10 años, cumplí un sueño de infancia recurrente. Me proyectaba hacia el futuro imaginando un espacio propio amueblado con estanterías llenas de películas. Ese serial oniríco se ha abortado porque ese sitio existe. Se llama Stromboli y es, sin duda, uno de los puntos más singulares que marcan el mapa cinéfilo de esta ciudad.