Crítica Turia

Beginning, de Dea Kulumbegashvili-Ambigua y Turbadora

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Un plano medio fijo de la protagonista. La cámara observa con detenimiento y sensibilidad su rostro mientras ella yace sobre la maleza. En apariencia, durante esos momentos no ocurre nada, el cuadro sigue inamovible, ella está tumbada, con los ojos cerrados, y, de fondo, solamente escuchamos los sonidos tranquilos de la naturaleza. Pero la cámara sigue mirando su expresión insondable, entre el sosiego y la angustia, hasta que finalmente abre los ojos -la voz de su hijo la reclama- se levanta y desaparece. Así transcurre el tráiler y el plano secuencia que da imagen a uno de los carteles de Beginning, la ópera prima de la directora georgiana Dea Kulumbegashvili, estrenada en salas españolas el pasado viernes, presentada en el Festival de Toronto (Premio Fipresci) y en el de San Sebastián de este año, en el que dejó un palmarés para el recuerdo: Concha de Oro a la Mejor película, Concha de Plata a la Mejor dirección, Concha de Plata a la Mejor actriz para Ia Shukitsashvili (la protagonista) y Premio del Jurado al Mejor guion.

A mi parecer, la elección de esta secuencia para el tráiler es todo un acierto, una declaración de lo que el espectador se encontrará si decide ver esta película. En apenas unos minutos muestra la idea de cine de esta directora, o, por lo menos, el cine que le ha interesado hacer en esta ocasión. Se trata de una apuesta atrevida, rompedora, a contracorriente en unos tiempos de consumo rápido, en los que a menudo todo parece ser fútil, efímero, lo presente un valor en sí mismo, y, extraordinariamente lúcida y sugestiva, tanto en su forma como en su fondo. La película narra la historia de Yana (Ia Shukitsashvili está magnífica durante todo el metraje), una mujer de mediana edad que abandonó su carrera como actriz para casarse con el que ahora es su marido, el líder de una comunidad de testigos de Jehová en la Georgia rural, congregación minoritaria acosada históricamente en este país (una sociedad mayoritariamente ortodoxa), con la complicidad del poder político y sus autoridades. El viaje del marido a la capital para pedir un préstamo para reparar el edificio de culto, destrozado en un ataque de un grupo extremista, actuará como encrucijada en la vida de ella. A solas -física y emocionalmente-, al tiempo que trata de salir adelante en una sociedad profundamente desigual, en la que el desprecio y la violencia hacia la mujer es sistémico y cotidiano, tratará de buscarse y verse a sí misma, lo que ha sido y es su vida ahora, lo que espera de ella. Duda y reflexiona sobre las decisiones que ha tomado, el entorno en el que ha crecido y del que forma parte, la religión que ha heredado, su capacidad de elección, su libertad, cómo quiere educar a su hijo, los valores e ideas que quiere transmitir. En una secuencia también reveladora ella misma se dirá: “Me miro en el espejo y veo a una extraña que me devuelve la mirada”.

La cámara actúa como narradora y exploradora del relato, de la intimidad de la protagonista y su contexto y trasfondo político. Las elecciones formales y estéticas están unidas y al servicio de la narración durante toda la proyección, del punto de vista desde el que la directora quiere filmar, del modo como quiere abordar sus asuntos, plantear sus dudas o preguntas, y, una de sus virtudes es la libertad y el riesgo con el que lleva a cabo estas decisiones. Pues se trata de una narración construida a base de planos largos, silencios, diálogos escasos, precisos e incisivos, un ritmo pausado, que deja reposar las imágenes, verlas y pensarlas, mirar más allá de ellas, en la que gana terreno la alegoría y el fuera de campo, lo que no vemos, lo que tratamos de averiguar a través de lo que percibimos. A través de una cámara que se debate entre la distancia y la cercanía, tratamos de averiguar qué ocurre en la mente y el corazón de la protagonista, sus pensamientos y sentimientos. Desde las primeras secuencias ya capta la oscuridad de la atmósfera, el terror y el miedo latentes, la violencia explícita e implícita, el peligro constante en la vida cotidiana de Yana, en la que todo puede estallar y torcerse en cualquier momento, a pesar de su aparente monotonía. Así, consigue colocarnos en su posición, ver las cosas desde su perspectiva, desde su dolor, sus deseos, frustraciones, temores y fatalidades, y, con ello, nos provoca una sensación de incomodidad y desazón perdurable, que posiblemente nos acompañe tiempo después de abandonar la sala (o por lo menos así me ocurrió a mí).

Beginning es una película turbadora, ambigua, en la que su fuerza narrativa, conceptual y estética, se percibe en cada plano, tan duros como delicados. Por ello, además de sus premios, celebro la apuesta por ella en festivales y salas.

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