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Nuestra xenofilia, que en ocasiones se convierte incluso en una auténtica sumisión, como en el caso de la comida basura con sello U.S.A. que ha invadido nuestras calles o con todo lo que suene a francés con sus fascinantes “erres” y sus glamurosas burbujas (que adoro, lo admito), en muchos casos nos hace buscar emociones gastronómicas de culturas muy lejanas. Y cuando hay demanda, se genera oferta. Hoy en día tenemos a nuestro alcance una infinita selección de restaurantes de países de lo más exótico y remoto que podamos imaginar, desde Nepal a Corea, Japón, India, cualquier cocina China (hay muchos tipos diferentes) hasta las centro-sudamericanas, desde Colombia, Venezuela, Argentina o México. Todas ellas son super interesantes y estimulantes sin duda, pero muchas veces no nos damos cuenta que no hace falta alejarse mucho para dejarse sorprender. España en sí es ya un universo de distintas culturas que están dignamente representadas por sus respectivas cocinas, vinos, ingredientes y métodos de preparación, en muchos casos verdaderamente únicos e irrepetibles. Pero, si queremos probar esta emoción que nos da lo “foráneo” y para quien se haya olvidado, solo recordad, que compartimos península con un país maravilloso como es Portugal.

Cada vez que voy a la tierra lusitana, tengo la sensación de haber vuelto hacia atrás muchos años, cuando la gente te saludaba en la calle y la amabilidad y la gentileza eran algo habitual. En Italia, como en muchas partes de España, nos hemos vuelto más fríos e individualistas, algo que antes no era así. Siempre ha habido una solidaridad y una humanidad que ya no percibo tan claramente. En Portugal, sin embargo, noto esta vibración empática que hace que todo me parezca incluso mejor de lo que es. La belleza deslumbrante del valle del Douro, los puentes de Oporto, las colinas de Lisboa, junto a la sonrisa de sus habitantes y una gastronomía y unos vinos excelentes, hacen de Portugal un destino epicúreo perfecto. Para los que no podáis ir allí en este momento y que queráis disfrutar de una pizca de esta cultura, en València hay un acogedor restaurante en el barrio periférico de Torrefiel que abrieron el cocinero portugués Alfonso Gallego Dos Santos y su mujer Elena Tortajada hace unos años, después de la interesantísima experiencia del Gadhus en la galería Jorge Juan, muy cerquita del Mercado de Colon de València. Estoy hablando de Malkebien (C/ Sant Domènec Savio 39), que con su excelente relación calidad/precio ha conquistado a muchísimos clientes. Es fundamentalmente una cocina de producto muy bien presentada, donde se nota la mano de Alfonso (sobre todo con su sublime bacalao) y donde se ha querido aplicar una política de precio muy honesta y accesible a todos.

Este pequeño establecimiento, con su bonito rótulo en el que se dibujan tres sardinas, indica ya la humildad del origen de los ingredientes de su cocina. Ofrecen un interesantísimo menú de mediodía: la semana pasada disfrutamos de un gazpacho de piña de aperitivo, de primero (a elegir), un exquisito timbal de verduras y patatas con crema de queso y especias o un sabrosísimo arroz con pulpo; de segundo una perfumadísima caldereta de sepia o unos excelentes filetes de pollos empanados (una curiosidad: en Portugal pollo se dice frango, palabra que siempre me ha intrigado por su etimología muy incierta); de postre a elegir de la carta (probamos brownie, flan de queso, tarta de almendras y tiramisú, todos caseros y buenísimos), café y bebidas (vino y agua) incluidos y todo a 12,50€ por persona. Por supuesto se puede comer a la carta y tienen unos magníficos platos donde se pueden notar aún más las raíces de Alfonso “contaminadas” por sus años en nuestras tierras: de hecho, sus arroces son espectaculares, sobre todo cuando se hace con el bacalao. Además de sus guisos deliciosos, hay que destacar el protagonismo de las verduras, que en Malkebien son la base de muchos platos, siempre de temporada, para sacarle el máximo provecho. Mención a parte para los vinos: junto a una correcta selección de vinos españoles, hay un surtido de vinos portugueses de varias denominaciones, desde Douro a Alentejo, hasta Dâo y Azores, que invitan a probarlos todos. Es aquí, en Malkebien, donde Portugal se encuentra con España, donde los petiscos se convierten en tapas y donde podemos volver a disfrutar del buen comer a unos precios honestísimos recordando que somos lo que comemos. ¡Bom apetite e saúde!

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