CON LA CASA A CUESTAS

ANA NOGUERA: “Yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo” José Ortega y Gasset No hay duda de que cambiaron nuestras circunstancias. Sufrimos muchísimos problemas sociales, personales y económicos. Lo que deberíamos analizar es si hemos aprendido algo: si hemos sido capaces de “salvar las circunstancias”, y por tanto, de encontrar en la crisis una oportunidad.

Cuando llegó el primer comunicado del Estado de Alarma, creí que iba a desmayarme. No podría soportar ¡¡quince días!! sin salir de casa. Me resultaba asfixiante. ¿Qué iba a hacer? Ni cervezas, ni comidas, ni cines y teatros, … y ¿cómo iba a trabajar?

Hice hasta respiración de yoga para calmarme. Y eso que no fumo ni soy ansiosa, pero estoy habituada a mucha actividad social, a ponerme los tacones a primera hora, pintarme los labios, y salir a la calle con una agenda repleta. ¡Qué satisfacción llegar a casa tarde y sentarse en el sofá!
Ahora debía invertir mi ritmo y mi tiempo. Encerrada en mi propia casa. Nadie nos preparó para que aprendiéramos a construir hogares desde el encierro, como caracoles, arrastrando la soledad.
Ahora entiendo por qué se mueven tan despacio, porque debe pesarles mucho llevar toda su vida encima. Así me sentía. Cual castigo a la soberbia. Incapaz de imaginar cómo iba a llenar mi tiempo.

Lo primero, seguir con los horarios. Levantándome a la misma hora. ¿Para qué? No lo sabía bien, pero no quería que se me pegaran las sábanas.
Los quince días ya son noventa. Amontonados en el calendario es toda una estación del año.
Confieso que no me ha ido tan mal. Más bien al contrario. Apenas tengo tiempo libre.
He leído y leo muchísimo. La angustia ahora es cuando pienso que no podré seguir este ritmo de lectura. Trabajo por la web; no está mal. La gran ventaja es la comodidad: no coger el coche y buscar aparcamiento o correr para no perder el tranvía. Cuánto tiempo ahorrado. Y si lo multiplicamos por miles de personas, no hay trasportes ni horas perdidas ni contaminación: ¡y mucha más tranquilidad! La desventaja es que, por la pantalla, no estamos igual de guapos. Yo me veo con ojeras, y al resto le falta expresión en los rostros. No hay cruce de miradas, sonrisas cómplices, o un roce de las manos que produce algún escalofrío.

He hecho más gimnasia en estos noventa días que en toda mi vida. Me siento orgullosa. En internet hay multitud de opciones; yo escogí una chica que siempre empieza con un “hola, guapísimas”. Oye, que eso anima.
Y he descubierto series y películas fascinantes, sobre todo, por lo extravagantes. Eso sí, a la hora de cenar. Por la tarde o a ratos libres, tocaban los documentales: sobre el universo, animales, otros países, el cerebro, o la vida en China. ¡Preguntad, preguntad!
Una costumbre que no he corregido es tener planificado el día para que cunda más. Aunque, me daba igual que fuera lunes o domingo, y eso me ponía de buen humor al levantarme.
Me he acostumbrado tanto a los paseos a las ocho y media de la mañana que me costará renunciar a ellos, charlando con mi marido, a buena marcha. Sin oír apenas coches y sí millones de pájaros. La Naturaleza me ha parecido nueva.

¿Habéis visto los colores de los árboles? Como si hubieran sido pintados o hubieran mudado la vestimenta por estar más alegres.
He hablado más que nunca por teléfono. Antes me faltaba tiempo para ir a ver a mi madre; ahora sé al detalle cada uno de sus días, lo que come, lo que hace, lo que ve, cuánto duerme, lo que sueña. He descubierto matices en las voces de mis amigas; tan solo al descolgar el teléfono percibo el estado de ánimo.
Y, lo más sorprendente, es que he encontrado la única compañía que tenía desatendida. A mí. Paradójicamente, en vez de agobiarme la casa, la encuentro más nueva, más llena de vida, más hogar que antes. Y yo también me encuentro diferente.
¿Cómo? Eso lo descubriréis vosotros cuando tengamos ocasión de vernos.

(D.E.P. por los que se quedaron en el camino

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