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Crítica concierto Bad Religion – Sala Repvblicca: La madre del cordero punk rock

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CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA: Ni Green Day, ni The Offsping ni NOFX. Ninguno de ellos hubiera sido lo que fue sin el ejemplo de Bad Religion y el sello discográfico que fundaron en 1980, Epitaph Records. El punk emergió en Reino Unido y en los EE.UU. prácticamente a la vez, a finales de los setenta. Con una pátina más social en Londres y otra, más intelectualizada, en Nueva York. Pero lo que nadie podía entonces predecir es que sería al sur de California, de las cenizas del hardcore, de donde brotaría con el tiempo su revival más comercialmente próspero, el que asedió las listas de éxitos de los años noventa. Y ahí Bad Religion fueron fundamentales como faro y guía. El modelo a seguir desde finales de los ochenta. Y nunca extraviaron su esencia.

El concierto que dieron en Repvblicca como parte de su cuarenta aniversario, con todo el papel vendido con meses de antelación y tras algún aplazamiento por eso que todos ustedes ya saben, fue una cátedra punk rock. Su líder y vocalista, el profesor universitario Greg Graffin, es el único remanente de su formación original. Pero se basta y se sobra. Ahí están las dos guitarras – segadora a ambos lados del escenario, que cortan con el filo de un cuchillo japonés, y un batería destripaterrones, tan contundente como espectacular. Un rodillo. Sin sorpresas. Sin deslices.

Y claro, esas canciones espídicas, breves pero efectivas, repletas de estribillos coreables a voz en grito, nimbadas por melodías que hacen honor al momento en el que el hardcore se ganó el apelativo de “melódico”. Porque más que canciones, Bad Religion tienen himnos. Un porrón. Y los más importantes cayeron (tras el pase de unos Blowfuse a quienes nos perdimos y unos Pulley más bien ramplones) para regocijo, sudor y lágrimas de la nutrida tropa de treintañeros y, sobre todo, cuarentones que se dieron cita en la sala de Mislata: “Recipe For Hate”, “Punk Rock Song”, “21st Century (Digital Boy)” o “American Jesus” como recordatorios de una clase de rebeldía que fue, como todas, fue engullida por el mismo sistema que acabó retroalimentándola. Pero al menos nos dejó estas revitalizantes muescas de algo que ya es historia de la música popular.

CRÍTICA DE TITANAS, de Sol Picó, Charlotta Öfverholm y Natsuki. Sala Martin y Soler. Palau de les Arts.

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