Música

CRÍTICA CONCIERTO KINGS OF CONVENIENCE-LA RAMBLETA. LA EXTRAÑA PAREJA

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Debe ser complicadísimo amarrar la atención de 700 personas durante una hora y cuarto con solo dos voces y dos guitarras acústicas. Y seguro que en el envite (siempre) ganador de Kings of Convenience tiene mucho que ver la complementariedad de sus dos mitades, Erlend Øye y Eirik Glambek Bøe. El primero, un gafotas de aspecto desmañado; cachondo, extrovertido, veleta y dado a cambiar de residencia como quien cambia de camisa, combinando últimamente la costa de Sicilia con Chile. El segundo, guaperas y formal en el vestir; sensato, fiel a su Bergen natal y a su señora esposa, familiar y dotado de un sentido del humor igual de perspicaz pero bastante más sutil, incluida la cariñosa pullita a su amiga Leslie Feist. Uno de ellos, más propenso al lucimiento en los solos de guitarra. El otro, más esencial aunque menos lucido en su forma de marcar el ritmo. Tal cual como son, como deben ser, en persona. Y ambos dotados de sendas voces que hacen de la delicadeza todo un arte.

Tan perfecta simbiosis lleva reeditando su alquimia nada menos que veinte años. En solo cuatro discos que siempre llegan a sobresaliente puerto, no importa el lapso que medie entre cada uno de ellos. Esta era su segunda noche en València (tercera en la Comunitat: pasaron por el FIB de 2005), en el exacto mismo escenario en el que exhumaron, hace seis años, las canciones de su debut, Quiet Is The New Loud (2001), cuyo título fue toda una declaración de intenciones que suscitó los manidos paralelismos con Simon & Garfunkel (que ellos siempre han negado) y se ha mantenido gozosamente invariable desde entonces.

Este fue el concierto más completo, por lo panorámico del repertorio – que no por el formato, que a veces ha cobrado hechura de banda al uso pero aquí se ceñía solo a ellos dos –, que uno ha tenido la ocasión de verles. Porque arrancaron hojas del calendario conforme pasaban los minutos, y no porque en su caso cualquier tiempo pasado fuera mejor, ni mucho menos: canciones como “Catholic Country”, “Fever” o “Angel”, de su último disco, revelan nuevos matices que convencen incluso a quienes aún no se han empapado del todo de sus virtudes. Y porque el tramo final, ya entrado en cortes que sobrepasan la década, con “24/25”, “Mrs. Cold”, “Boat Behind”, “Homesick”, “Cayman Islands” y una “Misread” final de traca, fue otro derroche de sensibilidad extrema y delicadísima economía de recursos al servicio de una alta orfebrería pop que dominan al dedillo. El lleno a reventar redondeó la sensación de normalidad prácticamente recobrada (a excepción del incordio de la preceptiva mascarilla), de reencuentro con la vieja guardia habitual en estas ocasiones, que despedimos de forma abrupta y sin saberlo aquel cuatro de marzo de 2020 con Nada Surf sobre el escenario de Moon. Ojalá la de los noruegos haya sido solo la primera de muchas noches memorables que se agolpen en nuestra agenda. Que la música puede no ser cuestión de vida o muerte, pero emociona volver a respirarla en carne viva y a lo grande.

CRÍTICA CONCIERTO JOEL SARAKULA-16 TONELADAS.LA INCOMBUSTIBLE HERMANDAD DEL BAILE

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