Música

CRÍTICA CONCIERTO ÓSCAR BRIZ

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Entre los rigores escénicos por la pandemia y lo selectivo – y hace bien – que es habitualmente Òscar Briz a la hora de presentar sus discos, el concierto del Micalet era una estupenda ocasión para comprobar in situ cómo se desenvuelve el extraordinario Amor i psicodèlia en temps de virus (Autoeditado, 2020) sobre el escenario. Y podría decirse que lo hace igual que el global de su carrera: momentos de densidad instrumental, desarrollos que se extienden de forma prolija porque responden a estados mentales muy particulares, que se combinan a su vez con destellos de directísimo instinto pop, de esos que no requieren ambientación preliminar porque calan desde los primeros segundos. Lo instantáneo y lo que requiere algo más de tiempo. El pop y el folk. La psicodelia y el estribillo inapelable. Esas texturas que igual pueden lindar con lo jazzie que con lo rock. La versatilidad hecha músico, vaya. Y con ella, la maldita incapacidad de la mayoría para catalogar su propuesta y encasquetarle un etiquetaje que ni necesita ni merece. El tramo que fue, en esencia, de “A trenc d’alba” a “AP-7” (curioso que principio y final de la tarde fueran dos temas del lejano Asincronia, de 2008, síntoma también de la coherencia de la obra del de l’Alcúdia), y que de camino tuvo deliciosas paradas – en intensidad y ritmo creciente: una secuencia bien pensada – en “Llavor voladora”, “Estar enamorat”, “Enric, Empar i la Mar”, “Els moments perfectes”, “La por 2020”, “La llum es presenta si la crides” (single perfecto en un mundo perfecto) o “Explore and Fall Into The Arms of Love”. Grandísima forma de escenificar un disco peculiar que, pese a que huele a ruptura y a nueva etapa, encaja perfectamente junto al resto de su discografía, marca uno de sus más altos picos – y van unos cuantos – y sabe a renacimiento vital y no a claudicación. Las cosas del amor y del desamor. Tan inexplicables como para que el teclista, Miguel Caballer, le pidiera luego matrimonio por sorpresa a su pareja, la vocalista Eva Villalba, desde el mismo escenario, en uno de los finales de concierto más extraños que uno recuerda. Y sin comerse ni una seta, ojo. A pelo y sin coartada psicodélica. La vida, ya se sabe: “de qualsevol manera es fa, llença’t als seus braços i deixa’t portar”.º

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