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CRÍTICA de Adiós, dueño mío, de María de Zayas/Emilio Hernández-TALÍA

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Parece increíble que “Adiós, dueño mío” sea una adaptación de “La traición en la amistad” (1637), la única obra de teatro que escribió María de Zayas, ejemplo de escritora profesional del Siglo de Oro. Pues si choca que sea en verso, la claridad de la propuesta de Magüi Mira y la soberbia interpretación de las cinco actrices, Marta Calabuig, Pilu Fontán, Rosana Martínez, Laura Valero y Silvia Valero, consigue que se nos olvide a los cinco minutos que estamos ante un texto de hace cuatrocientos años. Lo que destaca sobre el escenario desnudo es la palabra irónica e ingeniosa, el buen humor del abordaje de temas tremendos, el juego y la alegría desbordante de la compañía. Se logra un espectáculo desenfadado y tremendamente divertido, sólidamente anclado en lo básico: unas presencias actorales bien enhebradas, capaces de trabarse enganchando al espectador. Producido por Olympia Metropolitana (Enrique Fayos), el talento del equipo y la ligereza de una propuesta de dirección nada pretenciosa aciertan en conseguir justo lo que se proponen. Las escenas entre las parejas de amantes fluyen mientras las actrices se transforman en varones solo con el cambio de actitud y con la ayuda de una chaqueta que se van pasando. El vestuario es luminoso, contrastado en su abanico de colores, eficaz en sus tonos verdes, rojos, morados. De rivales a amigas, ellas, lideradas por la adorable Fenisa, articulan un complot para vengarse de unos tipos que se creen lo más de lo más: Don Juan, Liseo, Gerardo. De este modo, la opresión de la mujer, que viene de lejos, encuentra una sutil y necesaria venganza en estas cinco féminas que desnudan su alma con gracia y salero para que sobresalga el texto, prohibido por la Inquisición junto al resto de novelas de la autora, una de las grandes escritoras de su siglo. Las mujeres siempre se han expresado a sí mismas, pese a la adversidad. Esto es palabra viva. Es actual. Es divertido. Y, sobre todo, es muy relevante. María de Zayas fue una escritora consciente de su condición de mujer y reconocida por los círculos literarios de su tiempo. Animó a sus contemporáneas, junto a Ana Caro de Mallén, a reclamar el acceso a la cultura. Sus protagonistas, cultas, valerosas, activas e inteligentes, se enfrentan al discurso masculino dominante poniendo en ridículo a aquellos que las cortejan sin escrúpulos. Un espectáculo delicioso, sencillo y directo, empoderante, que agradará a todas las generaciones y cosechará seguro muchos éxitos.

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