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CRÍTICA de Vigor Mortis, Otra Danza Teatro Rialto

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Una pareja comparte un espacio escultórico formado por blancos listones enmarcados. Estructuras que los bailarines desplazan creando configuraciones cambiantes. Las relaciones de esa pareja sufren una serie de impactos emocionales que la llevan a caminar juntos o a lanzarse a la deriva, a saltar, a escalar o a descender al barro. Puertas ventanas, mesas o sillones, lugares comunes de esos encuentros y desencuentros que son también espacios para el juego, para el humor o para la interacción de los cuerpos. Deliciosa la escena del sillón en la que se juega con la perspectiva del espectador para ofrecer una sinfonía de manos y piernas. Asun Noales y Carlos Fernández son bailarines inmensos, entregados, virtuosos, que se empeñan en recorrer una experiencia vital pletóricos de energía y originalidad, transitando a territorios conexos con el clown o el circo. Con su danza siempre sorprendente recorren los espacios interiores del alma o los exteriores de una vida llena de servidumbres, de muerte o de vida gozosa. Una relación que estructura su movimiento ininterrumpidamente, explorando los diversos espacios a los que da lugar los dispositivos escenográficos ricos en ofrecer zonas de encuentro o distancia. Juanjo Llorens ilumina con dramatismo estos espacios en los que Asun Noales asume la dirección con su eficacia habitual. “Vigor Mortis”, estrenada en Teatro Circo de Murcia el año pasado, ha sido premiada a la mejor bailarina, al mejor bailarín y a la mejor escenografía (Luís Crespo) por las Artes Escénicas Valencianas. Rulo Pardo colabora con Noales en la dramaturgia, mientras que Telemann Rec. contribuye con un impresionante espacio sonoro. Ha sido una suerte poder gozar de estos enormes profesionales en estas fechas, ya que este misterioso espectáculo será todo un clásico en el repertorio de danza contemporánea. Los hallazgos de Otra Danza son puro placer estético. Sus imágenes inolvidables, recordemos a Noales en estado espasmódico o a Fernández adelantar y llevar atrás espasmódicamente el cuello. Hay también secuencias graciosas, trufadas de humor. Y también peleas. Humillación. Alienación. Tragedia. Paz. Es un trabajo luminoso y vital. A ratos oscuro o existencial. Bellísimo. Movimiento que fluye con cuadros en los que se recorre un viaje íntimo esencial. Todo un regalo para los sentidos.

CRÍTICA de Adiós, dueño mío, de María de Zayas/Emilio Hernández-TALÍA

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