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CRÍTICA Julien Baker – La Rambleta Difícil encrucijada

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CARLOS PÉREZ DE ZIRIZA: No me terminó de convencer. Tengo la impresión de que Julien Baker no sabe muy bien hacia dónde tirar. Incluso entre sus fans más acérrimos, el comentario generalizado era que los minutos que ella había protagonizado sola sobre el escenario habían sido mejores que aquellos en los que su banda le acompañaba, que fueron el grueso de su concierto en La Rambleta. Si a eso le sumamos que la progresión de Phoebe Bridgers y Lucy Dacus, sus dos aliadas en la súper banda Boygenius, es tan notable que alimenta el agravio comparativo (por no hablar de Snail Mail, Soccer Mommy o Stella Donnelly, figuras en coordenadas similares), tenemos la estampa de una artista algo estancada, que no parece saber muy bien cómo canalizar sus obsesiones, que no son pocas: su condición sexual, su cristianismo, sus adicciones y su forma de congraciarse consigo misma y con el mundo. Nos la encontramos, de completa casualidad, buscando atizarse un buen tequila a los cinco minutos de terminar el bolo. Con cierta ansiedad. Aunque afirmaba estar contenta. Me da la sensación de que todo parecía más fácil para ella cuando la vi por primera vez, en la programación matinal de un Primavera Sound de 2016. Entonces tenía solo veinte años. Ahora, 26.

Su primer concierto en València no careció de entrega, ni de honestidad ni de arrojo interpretativo. Pero sí pecó de lineal. Su registro vocal admite pocos giros y tiende prácticamente siempre a lo tortuoso, y la banda que la acompaña reitera casi siempre los mismos crescendos y estructuras, que a fuerza de repetirse acaban por hacer que algunas canciones suenen algo huecas, como si trataran de arañar una emotividad epidérmica que posiblemente no requiera ni músicos de acompañamiento. Quizá sea la larga y difícil gestación pandémica de su tercer disco, las dudas del parón que ha atenazado a casi toda la industria y pueden haberle afectado de rebote o simplemente la búsqueda de un formato que le permita crecer. De momento, su norte parece un incómodo dilema. Al menos en comparación con sus compañeras generacionales.

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