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DELGADA LÍNEA ROJA: DECEPCIONES

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ABELARDO MUÑOZ: La historia que nos  cuentan está llena de mentiras y en especial la nuestra. Se nos muestra como un asunto entre buenos y malos, así que el maniqueísmo de los argumentos está servido. Los alumnos de secundaria siguen quejándose de que se les enseña la lista de los reyes godos, como cuando en pleno franquismo se nos hacia recitar sus nombres de memoria, como la tabla de multiplicar; en cambio, cuando se llega a la guerra civil y el genocidio franquista, el siglo XX, son cuatro líneas mal contadas. Hace unos días mi amigo Santiago, que nunca me ha decepcionado, lo hizo sin querer. Hablamos de los Beatles y los Stones. En ese eterno debate de la generación roquera por excelencia, siempre estuve con los Rolling. Subversivos, desafiantes y callejeros. Lo que no me gusta de ellos ahora no solo es que se les haya extinguido su capacidad creativa de los setenta, sino que es evidente que están ahí por la pasta. Y mi amigo me lo dijo, es lógico, siempre fueron unos pijos.

El argumento es de peso, mientras los muchachos de Liverpool eran hijos de la clase obrera, del norte pobre, Jagger y Richards venían de la clase media que estudiaba en la universidad, de la más rica Inglaterra del sur. Se hicieron los malos y esa imagen triunfó frente a los comedidos Beatles, que hasta recibieron una medalla de manos de esa reina fantasmal de Lewis Carroll, aunque no corta cabezas. Esa distinción nos decepcionó lo suyo. Tiene lógica lo de los Stones porque siguen ahí para ganar dinero, con estudiado cinismo de viejos vips ricachones. Es una gran decepción para un stoniano. Nuestra vida ha estado repleta de decepciones sonadas. La primera fue el fracaso de la revolución de 1917 de los soviets. La más actual es la guerra de Ucrania. La locura de Putin. El presidente de un país excepcional, que es también europeo, aunque muchos lo olvidan, pues tiene también rasgos asiáticos, como denostaban los nazis, y pese a que ganaron los buenos esa guerra mundial, Europa occidental es xenófoba por naturaleza.

Putin era un policía, como lo fue Le Pen padre, como milicos de horca y cuchillo fueron Franco, Astray o Mola. Putin es un dictador pero su país no merece ser satanizado por culpa de su autócrata del Kremlin. Desde Chejov a Shostakovich, de Tolstoi a las Pussy Riots y Svetlana Aleksiévich, ese país es no solo el más grande en extensión sino esencial para la cultura europea. Nuestros parámetros culturales están dominados por el occidente capitalista, los Estados Unidos mandan en esto y es como si nos dijeran que hacer. El hecho de que Rusia sea una parte importante de Europa se olvida con frecuencia. Algunos periodistas dijeron guerra “a las puertas” de Europa, los titulares mas atinados proclamaron guerra “en” Europa.  Además de la decepción sangrante que produce esa guerra cruel, he sufrido algunas más de orden estético. Descubrir, releyendo Vías de escape, un libro sobre África, que  mi admirado escritor Graham Greene, era un colonialista encubierto, y poseía el cinismo de la clase alta inglesa. Y es que Greene fue espía, un policía al servicio de la inteligencia colonial británica. Otra decepción,  Camilo José Cela, autor que me enseñó a escribir con sus primeras novelas, pero cómplice y censor del fascismo franquista. La decepción más divertida fue la de Dos Passos con su viejo amigo Hemingway. En su magnífica autobiografía Días Inolvidables cuenta una visita a la mansión tropical del autor de Fiesta. Dos Passos observó al llegar que Ernest se había hecho moldear su busto a la entrada de su casa; como un patricio romano; displicente, el autor de Manhattan Transfer lanzó su sombrero y acertó a encasquetarlo en la testa de mármol del Nobel. Hemingway se enfadó. Los colegas se hicieron enemigos cuando Dos Passos le criticó el hecho de que Hemingway no hubiese dicho ni pio cuando agentes estalinistas asesinaron en Madrid a su amigo José Robles en plena guerra civil española. Las decepciones son tristes, no digamos las amorosas. Pero no hay que desesperar. En realidad lo más importante de todo es no decepcionarse a uno mismo.

 

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