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Diez personajes (o más) que conmovieron al mundo: La Bruja Samantha

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¿Se acuerdan de Embrujada? O por la serie de los sesenta o por el remake o remate que vino después, no hay espectadores que no la recuerden. La serie que protagonizó Elisabeth Montgomery es una de las comedias de situación de nuestras respectivas infancias. Lo predominante en estas emisiones era, es, la risa de fondo que marca las circunstancias cómicas de las escenas: provocan o deben provocar carcajadas entre los espectadores. Recuerdo que ese efecto sonoro fue una de las curiosidades que descubrí en la televisión, aparato que a mi casa llegó hacia 1963 o 1964. Las carcajadas eran elemento de atrezzo o cosa del plató.

Pues bien, en mi familia todos nos reíamos mucho con Embrujada.  O con Bewichted… Samantha Stephens era una brujita rubia, de profesión sus labores, es decir, ama de casa. Resultaba la madre perfecta. Era capaz de hacer prodigios moviendo levemente la nariz, una nariz que recuerdo respingona. Hacía un mohín con su apéndice, un breve acompañamiento musical reforzaba el acto y, zas, se cumplían sus deseos. Qué maravilla, cuánto adelanto. En casa, por el contrario, había que levantarse y hacer las tareas; en España, en fin, nuestras madres aún eran morenas y muchas de piel aceitunada. En cambio, en Estados Unidos había seres maravillosos. Como esa bruja.

De niño, yo temía la furia de la Providencia y temía todo lo que tenía que ver con lo sagrado, lo mágico o lo misterioso. Los ogros, el hombre del saco, las brujas. Etcétera. Con las brujas nos habían aterrorizado desde chiquititos. Por lo que yo sabía, ellas viajaban en escoba, y a veces con escolta, llevaban indumentarias andrajosas y sombreros de pico, y sus rostros con verrugas atemorizaban. Un día descubrimos que no. Con Samantha Stephens, todo era al revés. O casi. Era rubia como la cerveza, simpática, pizpireta… Y pícara, eso sí. Samantha era una mujer muy aguda. Gobernaba con mano firme lo doméstico; educaba y cuidaba a Tabatha, la pequeña Tabatha, siempre con sus trastadas; y esperaba amorosa la llegada del marido, Darrin, que trabajaba como creativo o ejecutivo en una empresa de publicidad. Darrin era publicitario, sí, y era algo inocentón.

El capítulo de Embrujada cobraba vida cuando el marido regresaba a su residencia: una casa exenta, de varias plantas, en una zona acomodada fuera de la ciudad, como era normal entre las clases prósperas. Darrin solía mostrarse orgulloso de sus logros, sus propiedades materiales. Ahora bien, aquello no era nada comparado con los poderes de Samantha, capaz de arreglar cosas o de mejorarlas moviendo la naricilla.

Todas nuestras madres decían que querían parecerse a Samantha: básicamente para no tener que hacer las tareas domésticas, rutinario trabajo que recaía sobre ellas como una maldición. La bruja de la tele nunca parecía aburrirse, siempre estaba dispuesta… a enmendar lo que funcionaba mal y jamás se enfadaba con su esposo. Darrin temía que los vecinos se enteraran de lo que pasaba en casa. Eran muchos sus padecimientos cómicos para tapar los prodigios de Samantha y era mucha la paciencia que debía tener con su odioso jefe, el tipo que dirigía la empresa de publicidad.

Pero nada de ello era comparable a tratar con el resto de la familia: vamos, los parientes de Samantha, del ramo de la brujería, claro. En particular, Endora, su suegra. No recuerdo ahora el nombre de la actriz aunque sería muy fácil averiguarlo. No me importa: me importa más el papel que desempeñaba. Era la suegra metomentodo, con un aspecto temible de bruja, ahora sí. Ella debía velar por las tradiciones de la familia, facilitar los encantamientos, cosa que enfurecía al yerno. Samantha era quien resolvía los tropiezos o encontronazos entre Darrin y Endora. De aquella serie me queda cierta nostalgia.

“Los padres deberán informar anticipadamente a los propios hijos del contenido de los programas y hacer, en consecuencia, la elección consciente para el bien de la familia en cuanto a ver o no ver determinado programa”, insistía uno de los últimos pontífices, cuando advertía a los feligreses sobre los males de la televisión.

Lo lógico es que los padres nos hubieran prohibido disfrutar de Embrujada, aquella serie en la que nuestras progenitoras veían a un ama de casa muy capaz aunque ladina y nosotros a una madre atractiva y ciertamente tentadora.

(4) EL OLVIDO QUE SEREMOS, de Fernando Trueba Brillante y memorable narración

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