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EL LARGO Y CÁLIDO VERANO: Entre carnes y verduras.

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“A mí, donde me pongan un chuletón al punto, eso es imbatible”. Pedro Sánchez entró con estas palabras, sin cortarse, en la polémica generada por los ministros de Consumo, Alberto Garzón, y de Agricultura, Luis Planas. Ambos pidieron reducir el consumo de carne para luchar contra el cambio climático. El debate lleva años abierto en línea con la extensión del ecologismo que, junto al feminismo, condiciona y condicionará de manera positiva nuestro modo de vida a todos los niveles, desde la movilidad a, como ahora veremos, el rechazo a comer ciertos alimentos o productos de origen animal.

Es el caso del veganismo, que emerge como alternativa al sujeto carnívoro, sobre todo desde que Instagram nos permite subir fotos y más fotos de nuestros suculentos platos tras nuestra visita a cualquier restaurante con la etiqueta de “vegan”.  Pero esta tendencia alimentaria es un arma de doble filo: el consumo de carne se valora como una actitud irresponsable, e incluso fuertemente ligado a unos patrones asociados a la testosterona, cuestión no menor que merece un debate en profundidad aparte. Pero la realidad es que el veganismo que vende, que se capitaliza, es el de aquellos influencers que lo divulgan promocionando cientos de productos cuyo impacto ambiental también se ha cuestionado. Pese a que la gran mayoría de veganos y veganas defenderían que una dieta que no contenga productos de origen animal es mucho más económica, existe un factor que parece ser los ministros de Pedro Sánchez no parecieron contemplar: la educación alimentaria y, también, el precio de los productos.

En paralelo a aquellos veganos y veganas que luchan por la liberación animal y por el cambio climático, una gran mayoría de hombres y mujeres siguen yendo al supermercado a comprar packs de longanizas y de pollo porque, primero, son fáciles de cocinar, suplen nuestras carencias proteicas rápidamente y, además, resultan placenteros al paladar (la industria alimentaria sabe crear ciertas adicciones difíciles de superar). Para plantearse una dieta vegana o vegetariana se debe deconstruir siglos de alimentación basados en el consumo de carnes, leches o derivados; desde la mantequilla de nuestra tostada matinal hasta la onza de chocolate con leche que nos comemos furtivamente antes de irnos a dormir. Y aunque cada vez existen más alternativas vegetarianas o veganas, esta reformulación requiere de tiempo, educación, y dinero, tres aspectos fundamentales que todos damos por hecho pero que la mayoría no puede.

Como decía Aristóteles, en el punto medio se encuentra la virtud, y tenía razón. Reducir el consumo de carne es una opción que todo el mundo debería contemplar, pero que no todo el mundo puede asumir con la misma facilidad. Esta situación se asemeja a otras tendencias como la de reducir nuestro consumo de ropa fruto del fast fashion y derivados. La realidad es que el chuletón de Pedro Sánchez es, literalmente, un lujo para la gran mayoría de los ciudadanos. Además, el consumo de carne hegemónico se traduce en otros muchos alimentos como las hamburguesas de las franquicias más populares, los congelados, alimentos precocinados, y lácteos de primera necesidad, por lo que señores y señoras, más que plantearnos qué dieta es la más adecuada, reflexionemos sobre si todo el mundo puede, siquiera, elegir cambiarla; y eso sí debería preocuparnos.

ESCUADRÓN SUICIDA, de James Gunn. Descerebrados e incorrectos.

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