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EL LARGO Y CÁLIDO VERANO: La homofobia y los guetos

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ANNA ENGUIX: Vivimos tiempos duros, condicionados por esta agotadora pandemia que ahora se ceba en los más jóvenes por la sencilla razón de que no estamos vacunados. Sin olvidar la irresponsabilidad, teñida de estupidez, que motiva a algunos a jugar a la ruleta rusa de la covid. Pero si les he de ser sincera, mi angustia no está determinada por esta pandemia que ha condenado a toda una generación a recluirse en sus casas; sino por el inquietante incremento de agresiones y asesinatos homófobos en nuestras calles, como el que acabó con la vida de Samuel.  Mucho se ha dicho ya sobre este homicidio perpetrado por un grupo de hienas animadas por ese odio que corroe la razón y transforma a algunos en verdugos urbanos. Pero me sirve para contarles una realidad que conozco de cerca y que igual no se la han contado, pero que forma parte del día a día de muchas personas.

A diferencia de algunos compañeros y compañeras, pude pegar el salto de un colegio religioso a un colegio público cuando acabé la secundaria; allí conocí a gente muy diversa y aprendí que efectivamente, en un mismo lugar podían convivir personas de diversa identidad sexual sin esconderse. Sin embargo, parece que el microclima de mi querido IES Lluís Vives -donde no existían los baños diferenciados para mujeres y hombres- no era extrapolable a la geografía que existía más allá de las cuatro paredes de nuestro centro educativo. Porque hace tiempo que en plazas y calles, personas del colectivo LGTBI circulan con miedo, con mucho miedo.

Mi grupo de amigos y de amigas, entre los que se encuentran varios gays y lesbianas, hace tiempo que tuvieron que empezar a seleccionar los sitios donde disfrutar de la noche, de la fiesta. Porque por experiencias previas, y por ciertas referencias, eran consciente de que en algunas su integridad física se podía ver comprometida, al igual que la mía. Por esta razón comenzaron a moverse en lugares seguros donde sabían que iban a poder mostrarse tal y como son sin ningún tipo de peligro. Lo que es mala noticia; porque en el ocio se están generando “guetos” a causa de la intolerancia a la diversidad sexual. Pero el problema no finaliza con la existencia de estos espacios, porque al final de la noche hay que volver a casa, casi siempre con un taxi o similar; caminar por las noches en ciertos barrios y con ciertas estéticas te puede costar una paliza o, como se ha visto, la muerte.

Los ataques homófobos han estado ahí siempre; sin embargo, desde que existe un altavoz sumamente peligroso en nuestras estructuras políticas parece ser que determinadas conductas violentas contra personas del colectivo LGTBI encuentran la legitimidad en ciertos discursos políticos que peligrosamente parecen normalizarse. Sorprende, además, la brutalidad de estos ataques, la violencia con la que se ejecutan, que recuerdan a las persecuciones y palizas que los nazis perpetraban a los judíos; y también a los homosexuales. Frente a aquellos que afirman que las cosas han cambiado, estas tragedias, como sucede con la violencia de género, confirman que no es cierto. La homofobia es tan real como el terrorismo machista; y la sociedad parece sentirse cómoda sin reaccionar con contundencia ante ella. No se equivoquen, habrá más Samuel.

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