EL LARGO Y CÁLIDO VERANO:PAPÁ, NO QUIERO UN COCHE

traffic lights - different focus

ANNA ENGUIX: Suelo escucharlo en conversaciones de familia, cuando mis padres y, en ocasiones sus amigos, recuerdan que ansiaban cumplir 18 años para tener carné de conducir. El coche era un objeto que, más en el plano simbólico que real, aderezaba la fantasía de la libertad y confirmaba el cambio de la adolescencia a la juventud; la capacidad de desplazarse sin depender de nadie y de recorrer kilómetros para alcanzar metas soñadas, así en España como en el extranjero. No se entendía la visita a ningún lugar alejado de la casa, también en las ciudades, sin el uso del vehículo; que además podía comprender la categoría de reducto íntimo para, aparcado en parajes alejados y solitarios, servir de alcoba con la pareja. A pesar de la incomodidad del habitáculo la adaptación del Kamasutra era posible.

De no estar obligada por alguna cuestión laboral, no ansío tener un coche. Y con el tiempo asumo mi hartazgo de su presencia en los lugares más hermosos de la geografía urbana de València. Lo encuentro anacrónico y sucio, incómodo y molesto, más allá de comprender la necesidad del transporte obligado para personas por razones de trabajo y mercancías. Las alternativas públicas, aún insuficientes y caras, me bastan de momento para desplazarme a las zonas que después prefiero caminar, pasear; y las privadas colaborativas me resultan más sugestivas para asumir largos objetivos. Ser copiloto y compartir destino, cercano o lejano,  través de una App o en coordinación con amigos me divierte, más por el medio y los colegas, que por el fin.

Ocurre cuando vuelvo de Madrid con mi pareja o con amigos en coche, obligados por la reducción de frecuencias y los precios de los trayectos de Renfe; y contamos los minutos para alcanzar València. Viajes adecuados para escuchar a músicos valencianos, porque abunda la calidad, como preludio del ecosistema al que nos acercamos, con el aire acondicionado a tope para evitar el desmayo. Una vez alcanzado el objetivo, mi ciudad, el coche pierde su sentido, y una desea penetrar en esta urbe vaporosa y recalentada por otros medios, por medios naturales o no contaminantes, a pesar del sofocante calor. Para de inmediato buscar donde aparcar el cuerpo, en alguna terraza, y dejar caer la tarde entre conversaciones y alcohol barato. Y confirmar que no hay peor estética urbana que un hermoso lugar de València, abundan, para refrescar el cuerpo, rodeado de coches con el ruido de sus aires acondicionados rasgando los silencios.

No ansío un coche, lo que no significa que llegado el momento lo necesite; las realidades son evidentes cuando se exige para huir de la tragedia del paro. Ansío, bien al contrario, que el espacio de mi ciudad pertenezca a sus ciudadanos, que vivir València sea la aventura de caminarla y deleitarme de cada uno de sus rincones, sin tener que soportar el imperio del asfalto obligado para la circulación de vehículos frente a la resistencia de unas calzadas donde la humanidad cobra sentido. Llegará el día en el que no creeremos que por algunos lugares de mi ciudad llegaran a circular coches, 24 horas al día y durante décadas, a pesar de que rodaban con sus cabinas inundadas con el refrescante efecto de los aires acondicionados.  Es su ventaja, pero ya no es suficiente.

 

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