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EL MUR: CINE, CINE Y MÁS CINE

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Lo dijo el otro día Pedro Almodóvar: “Hasta que no se pague esa deuda con las familias de los desaparecidos no podremos cerrar nuestra historia reciente”. Lo afirmó en la presentación en el festival de Venecia de su última película, Madres Paralelas, que va sobre eso, sobre madres sobre las que pesa como una losa, la memoria. Es la primera vez a sus 72 años, que el director manchego trata la cuestión, aunque sabemos que le interesa: su productora El deseo realizó el impresionante documental El silencio de otros. Para Pedro, es nuestro “gran asunto pendiente”.

No es la primera vez por supuesto, que se habla de memoria en nuestro cine. No es Almodóvar el primero, pero que se sume a la corriente de reivindicación de la memoria es una excelente noticia. El estreno esta semana de Madres Paralelas, con Penélope Cruz, Milena Smit y Aitana Sánchez-Gijón, puede contribuir  a que mucha gente se de cuenta del olvido que aún padecemos en España. Que la memoria no es cosa sólo de unos miles de familiares con deseos de revancha.

Juan Diego Botto gana el Premio Nacional de Teatro por su obra Una noche sin luna, un monólogo sobre Lorca, del que advierte él mismo: “la obra es un aviso sobre el auge de la extrema derecha. Botto es un firme defensor de la memoria frente a los que prefieren pasar página en cuanto a los crímenes de dictadores: no en vano su padre desapareció cuando él sólo tenía un año durante la campaña de terror de la dictadura argentina de Videla.

Y la plataforma Netflix acaba de lanzar una nueva serie, llamada Jaguar, con Blanca Suárez ejerciendo de cazanazis en la España de los años sesenta. La protagonista vio como los de la esvástica mataban a su padre en Mauthausen y se libró de la muerte sirviendo como criada en casa del comandante del campo. La popularización de la memoria en el cine, en la televisión, en los medios audiovisuales, es un fenómeno que conocemos bien por el Holocausto. Una temática que sigue teniendo mucho éxito en la oferta actual, también en la literatura, con centenares de títulos que tratan sobre el exterminio de los judíos. Pero fíjense, no siempre fue así: el asesinato sistemático de seis millones de hebreos se empezó a recuperar masivamente como asunto reivindicable en el cine con El diario de Ana Frank, la historia real convertida en novela que llevó a la gran pantalla George Stevens. Después vendrían muchas más: la serie de televisión Holocausto, los documentales como el monumental Shoah de Lanzmann, el éxito de Spielberg y su versión de otra historia real, la del nazi bueno Oskar Schindler.  Pero la que desató el fenómeno, ya ven, el de la adolescente judía escondida de la Gestapo que a todos nos emocionó, no llegó hasta 1959, nada menos.

El mismo Stevens, además, firmó como director un documental cuando servía en las tropas norteamericanas comandadas por Eisenhower en Europa. Se llama Nazi Concentration Camps (1945), y es un documento histórico único: filmaron los campos tal como eran liberados, con toda su crudeza.  Si pueden, veanlo. Lo pueden encontrar –también llama la atención– en el catálogo de Netflix. Y comprobarán que a pesar de que los judíos merecen tristemente –nadie lo duda ahora­– ser protagonistas de esa historia, no se les cita ni una sola vez en todo el largo documental.

El riesgo de la banalización planea sobre el hecho de que la memoria se convierta en tema cinematográfico, dicen algunos. Pero es un riesgo que merece la pena correr. Aunque sólo sea por el placer de que Pedro Almodóvar, delante de toda la prensa internacional, le saque los colores a Mariano Rajoy al recordar cuando presumió de que su gobierno no había destinado ni un euro, a las políticas de memoria democrática.

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