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EL MUR: El fascismo se cura leyendo

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En unos días llegará el 90 aniversario de la proclamación de la II República,  un estallido de alegría para quienes reivindicaban la democracia y la igualdad que poco hacía presagiar otra de las efemérides que tristemente celebramos el pasado 1 de abril:  ochenta y dos años del fin de la Guerra Civil, ya saben, el día que un locutor de Radio Nacional, anunció: “cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. La paz que llegó, en realidad, fue la de los cementerios que Franco llenó con sus víctimas. Esas que poco a poco, van recuperando su espacio. Como Pepa Peiró, cuyo padre José, fue fusilado en Paterna. Su madre se enteró cuando fue a visitarlo al penal de San Miguel de los Reyes y le dijeron que ya se lo habían llevado. La semana pasada, Pepa recuperó los restos de su padre, junto a  los familiares de otros veinte asesinados que pudieron demostrar que la dignidad no prescribe con el paso del tiempo.

Que Pepa pueda cumplir el último deseo de su madre y enterrar a José junto con ella es cumplir una deuda. Demasiado tiempo después, pero mejor tarde que nunca. Pero no todos opinan igual. En una red social, alguna cuenta anónima ha replicado los reportajes d’#ElMur, contraponiendo las historias que contamos con lo que ellos consideran “La otra memoria histórica”, y recuperando asesinatos cometidos por “Las hordas rojas”. Lo que hacen en realidad, es blanquear los crímenes del franquismo con la clásica técnica del “y tú más”. Es una de las estrategias de la nueva ultraderecha, ésa que no quiere que la identifiquen con el franquismo pero que se niega a condenarlo, que afirma que lo del 18 de julio no fue un golpe de estado y que pide incluso que le hagan una escultura a Franco, como ese concejal de VOX  en el ayuntamiento de Badajoz con el pretexto de su reforma agraria.

Defender la memoria, la reivindicación de tantas víctimas que hubo en España, es un deber democrático. Pero que no implica olvidar los crímenes y desmanes que se produjeron en la zona roja. Crímenes horribles e injustificables, pero que se produjeron mayoritariamente durante los primeros meses de la Guerra Civil, y que la Dictadura se encargó de recordar inmediatamente.

Un buen amigo me regaló hace poco un viejo ejemplar de “La causa general” el libro editado por el Ministerio de Justicia franquista para publicitar la investigación que se inició en 1940 para reflejar “los hechos delictivos cometidos en todo el territorio nacional durante la dominación roja”. La instrucción, que reunió cerca de 4.000 cajas, se alargó hasta los años sesenta. No es, evidentemente, una fuente histórica fiable ­–la  mayor parte de las investigaciones se basaron en delaciones– pero figuran los desmanes, algunos tremendos, que se produjeron. Y además sirvió para que las víctimas fueran reparadas, sus familiares compensados, su memoria, recuperada. Eso es ahora lo que se intenta con los otros, los grandes olvidados, los que defendían la legalidad republicana. Los que quedaron en las cunetas y en las fosas comunes: esa irregularidad democrática a la que ahora se está poniendo remedio.

Desenterrar muertos, recuperar historias del pasado. O no tanto del pasado. Hace sólo unos días atacaron  la sede de Podemos en Murcia. Y también, un jugador del Valencia CF denunció en el campo un insulto racista: “Negro de mierda”. Y mientras, no pierdan esto de vista, Vox podría gobernar junto al PP en la asamblea de Madrid. Contra el ascenso de los fascistas, nos queda la cultura y el conocimiento. No subestimen estas armas. Lean, infórmense. Porque ya lo dijo Don Miguel de Unamuno: “El fascismo se cura leyendo, y el racismo, viajando”.

 

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